Las vacunas contra la Covid-19 concentran nuestras esperanzas y esfuerzos de solidaridad, pero precisamente en el Día de Europa es necesario recordar otra vacuna indispensable para la salud de nuestras vidas y de nuestras comunidades: la vacuna de la democracia.
Este día conmemoramos un invento genial y revolucionario y reflexionamos sobre el valor y significado de la integración europea. El 9 de mayo de 1950 el entonces ministro francés de Asuntos Exteriores, Robert Schuman, llamó a la unidad de las naciones europeas “para hacer de la guerra no solo algo impensable sino materialmente imposible”. ¿Cómo? Sometiendo la producción del carbón y del acero —alimento de la guerra— a la cooperación entre países bajo una autoridad supranacional. Frente al dolor de dos guerras mundiales y más de 50 millones de muertos, Europa alumbró así, con la integración de un pequeño grupo de seis democracias, el periodo más largo de paz en el viejo continente. Germinaba entonces poco a poco, de la mano de la cooperación franco-alemana, una semilla de esperanza entre las cenizas de la barbarie. Siguiendo el camino marcado por Schuman, Europa no se ha hecho ni se hará de una vez ni como una obra de conjunto: “Se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar solidaridades de hecho”. La UE surge así de lo mejor de la civilización occidental: la filosofía crítica, la duda metódica, la capacidad de reconocer y rectificar errores.
Si la unidad europea ha logrado avanzar y superar tantas crisis a lo largo de su historia es porque la búsqueda de soluciones a los conflictos entre países y a los problemas que superan nuestras fronteras se ha hecho a través de valores democráticos. Muchas veces nos cuesta encontrar acuerdos, y nuestros líderes deben negociar durante interminables reuniones, pero nadie puede imponer su voluntad. Sin democracia no es posible acceder a la UE, la mayor unión de democracias del mundo. Hace 71 años éramos 6 países y hoy somos 27, mientras muchos otros anhelan formar parte de esa gran fraternidad democrática. Como ha recordado la Comisaria Jourová: “La democracia, el estado de derecho y los derechos fundamentales son los tres pilares que forman la base de la Unión Europea. No pueden existir el uno sin el otro, y menos aún si se utilizan unos contra otros. Son la base de todo lo demás en la UE y se proyectan a todas las demás políticas, ya sean ecológicas, digitales o más allá. Esto es, en gran medida, lo que hace que la UE sea única”. Para los españoles como yo, es muy fácil comprenderlo porque entrar en la Comunidad Europea fue algo mucho más trascendental que acceder a un mercado común o a las instituciones europeas; significó dejar definitivamente atrás la dictadura y compartir la defensa de valores democráticos con nuestros hermanos europeos. Por todo ello, no ha de extrañarnos que la UE se examine a sí misma y su propia democracia, de manera ruidosa, transparente y continuada, de la mano del diálogo y la sociedad civil.
Nuestras democracias son frágiles por definición, y su resiliencia solo puede garantizarse mediante instituciones fuertes y responsables, firmemente ancladas en el estado de derecho. Por eso, los gobernantes y responsables políticos en primer lugar, pero también los ciudadanos, deben inyectarse la vacuna de la democracia regularmente. El nuevo Plan de Acción para la Democracia de la Comisión Europea intenta precisamente enfrentar tendencias preocupantes que ha reforzado la pandemia: Protegiendo la integridad en el proceso electoral; Involucrando y empoderando a los ciudadanos; Fortaleciendo los medios de comunicación, entre otras iniciativas.
Por eso, porque está en nuestra razón de ser como UE, también nos corresponde a todos los que defendemos la libertad ayudar a los países a transitar la ruta del diálogo hacia la democracia y el estado de derecho como único garante del equilibrio social, económico y político. El índice global #GlobalStateofDemocracy de IDEA (Institute for Democracy and Electoral Assistance) está hoy en su punto más bajo, con el 52 % de las democracias sufriendo algún tipo de declive democrático. Desgraciadamente, el deterioro se ha profundizado durante la pandemia. La cohesión social es prioritaria para “reconstruir mejor”, pero no podemos olvidar que las instituciones democráticas son la base del desarrollo sostenible y están entrelazadas con los pilares de las Naciones Unidas de desarrollo, paz, seguridad y derechos humanos. ¿Pero cómo se defienden los derechos humanos? Se defienden de la mano de elecciones libres, estado de derecho, instituciones independientes, separación de poderes, participación ciudadana y rendición de cuentas. Solo así, desde mecanismos organizados de autocrítica y vigilancia, podemos defender los derechos de todos, sobre todo de los más débiles.
En fin, sin la vacuna de la democracia, cuando se produce una infección, el cuerpo social responde con una inflamación que puede ser muy grave y generar una afectación multisistémica. Sin la vacuna de la democracia, disponible en todo el mundo sin derechos de propiedad, no se pueden resolver otras dolencias o enfermedades y la salud de toda la comunidad desfallece. Como sucede con otras epidemias, para que la vacuna genere inmunidad, debe alcanzar a toda la ciudadanía y eso comienza, pero no termina, con la inoculación de papeletas en una urna de votación. Los ciudadanos tienen el derecho de elegir a sus líderes y representantes en una elección libre y justa de acuerdo con estándares internacionales. Votar libremente es una inyección de esperanza, la única que asegura reconciliación, prosperidad y derechos humanos.
El autor es embajador de la Unión Europea en Nicaragua