No todo en la vida tiene la misma importancia. Hay valores que están por encima de otros. Y uno de esos valores es el amor.
Por ello, cuando un doctor de la ley le preguntó a Jesús en qué estaba lo principal de la vida, Jesús le respondió: en el amor (Mc 12, 30-31).
En la última cena Jesús se lo recuerda a los discípulos, cuando les dice: “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo les he amado” (Jn 15,17).
El amor es el oxígeno del corazón: Donde no hay amor, muere el corazón. Quien no sabe saborear el amor y lo bello que es amar y sentirse amado, es que no tiene corazón.
La vida solo tiene sabor, cuando está verdaderamente alimentada con el pan sabroso del amor:
El niño, desde el mismo momento en que es engendrado, necesita sentir el calor del amor materno, de sus caricias, de sus canciones, de sus palabras dulces, de su sonrisa.
Cuando nacemos y crecemos, seguimos necesitando de la ternura, del cariño, de la sonrisa amable, del trato cariñoso de los padres y de quienes nos rodean. Más que juguetes los niños necesitan saber, ver y sentir que son amados.
Todos, aunque seamos mayores, necesitamos sentir que amamos y somos amados. Sin amor se asfixia el corazón.
El amor es la única fuerza capaz: de hacernos trabajar por un país más próspero para todos, más humano, más justo, más igualitario, más solidario. De ponernos al servicio de los demás de una manera desinteresada y gratuita.
De romper con todo cuanto signifique odio, rencor, desconfianza, egoísmos, opresión, malos tratos… De transformar al enemigo en amigo.
De hacernos gozar en libertad, de respetar y buscar el bien del otro, no solo de uno mismo. De construir la paz en la nación, en la familia, en cada uno de nosotros mismos.
De brindar con alegría y generosidad el perdón, así como de aceptarlo. De entregar hasta la vida, si fuera necesario.
No hay poder más grande que el poder del amor, como decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras; si te callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo del corazón”.
El amor es el distintivo de nuestro Buen Dios: Su amor de Dios es más grande que el mismo amor de una madre a sus hijos, como decía el profeta Isaías: “¿Puede una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidase, Yo no me olvidaré de ti” (Is 49, 15).
Dios, por amor, nos ha dado el más grande don que tiene: su Hijo, Jesús: “Tanto ha amado Dios al mundo que le dio a su Hijo” (Jn 3, 16). Por eso, San Juan nos dice: “Dios es amor” (I Jn 4, 16).
El amor es el distintivo de Jesús: Su vida fue un testimonio vivo de amor a su Padre y a nosotros, sus hermanos.
El amor le llevó hasta la muerte: “Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin” (Jn 13, 1).
Jesús es el profeta del amor… Para conocer qué es el amor verdadero, cuáles son sus características y cualidades, es necesario mirar a Jesús. Hoy, “¡echémosle corazón a la vida!”.
El autor es sacerdote católico.