Las reformas que Daniel no permite

Daniel Ortega, como todo dictador aferrado al poder y dominado por sus particulares ambiciones, elude las auténticas reformas a la Ley Electoral que son necesarias.

Con verdaderas reformas electorales aprobadas en la Asamblea Legislativa, la derrota política de Ortega sería inevitable y por consiguiente el fracaso de su “gestión”. Su régimen se vendría al suelo, ya no podría tiempo prolongar su sangrienta dictadura que a base de fraudes repetitivos ha logrado imponer con el dócil concurso de un Consejo Electoral amañado y sometido, que ha perdido toda credibilidad. Un poder electoral que ha sido reducido a una instancia insuficiente, pues de “colegiado” si de eso quisiéramos tratar no tiene nada ni siquiera para aparentar ni la más mínima representación.

Unas verdaderas reformas a la Ley Electoral jamás le permitirían a Ortega “salirse con las suyas”, a como está acostumbrado hacer con todo lo que tiene a su alcance, disponiendo de los recursos del Estado para tales fines. El dictador sabe que en un marco legal de las cosas las tablas del ajedrez le son adversas, y sus proyectos ilícitos quedarían inconclusos, a medio camino, pues el pueblo está cansado y no quiere seguir soportando lo que no tiene justificación. Lo que hay en Nicaragua es una dramática pesadilla, nuestra incipiente democracia ha sido ahogada por la dictadura, la institucionalidad democrática ha desaparecido y a cada momento se registran hechos notoriamente que han reñido con la paz social.

El orteguismo, como régimen obsoleto y fuera de orden, no tiene nada bueno que ofrecer en los nuevos tiempos, ya que de tanta mentira y engaños Nicaragua está convencida de lo que realmente significa el sandinismo ortodoxo y sus derivados. Si hacemos comparaciones que se vuelven necesarias, todo tiempo pasado ha resultado mejor, poniéndolo a la par de esta catástrofe que sigue padeciendo nuestra destruida patria cuyas normas jurídicas, que deberían ser fortalecidas cada día, se deterioran ante la pérdida de un Estado de Derecho que francamente deseamos tener para salir de tanta desgracia que ofende, y denigra a la justicia, cuya majestad hoy más que nunca se encuentra embestida por tanto abuso de autoridad que se registra en nuestra convulsionada realidad.

La negativa a unas verdaderas reformas a la Ley Electoral es un claro anticipo de un nuevo fraude, con lo que Ortega está empadrinado porque es el único método que le ha quedado en su “luna de miel” que le genera, y le produce su inmenso poder. Si la Asamblea Nacional a pesar de hallarse cuajada en su mayoría por diputados sandinistas, hubiera logrado integrar personas adecuadas en el Consejo Suprema Electoral, gente creíble y honesta, habría hecho posible celebrar el próximo 7 de noviembre elecciones justas, libres, transparentes, vigiladas estrictamente por observadores nacionales e internacionales, que se publicaran las actas antes del escrutinio en cada Junta Receptora de Votos de cada jurisdicción, y que se lograra la depuración efectiva y total del Padrón Electoral, entre otros aspectos que se demandan y se exigen.

Solo habríamos podido decir en alta y clara voz que en este país históricamente gobernado por dictaduras de derecha y de izquierda, la democracia podría salir ganando y el matrimonio presidencial de Daniel Ortega y Rosario Murillo, podría marcharse de Nicaragua saliendo por la puerta grande de la historia.

El autor es periodista de Somoto.

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