Una de las costumbres más odiosas en cualquier acto de comunicación, no literario, es hacer comparaciones extremas. Se trata de un territorio minado y sujeto a manipulaciones maliciosas. Las comparaciones se venden al mejor postor y se acomodan a cualquier idea con la falsa apariencia de dar fundamento a alguna idea, opinión o acusación. Una comparación puede ser uno de los peores insultos.
Por ejemplo, Hitler o el fascismo es uno de los recursos más usados. Un espejo comparativo frente al que suelen colocarse dictadores o líderes que hayan cruzado las líneas rojas de los derechos humanos. En el extremo contrario, no sé, quizá Gandhi, o Teresa de Calcuta, son los que figuran como paradigmas de personas bondadosas, pacíficas y con un punto de candor, aunque esto último no lo tuvieran.
Vaya esta reflexión por delante para decir que la comparación que aquí sugiero solo se justifica porque está en juego algo aún más odioso y mezquino que la propia comparación.
En días recientes, el exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia, Payo Solís, declaró públicamente que había sido el cooperador necesario, uno de los responsables de más alto nivel en manipular el sistema judicial para secundar las directrices políticas del régimen Ortega-Murillo, llevando así a la cárcel a decenas de jóvenes sin un juicio justo. La prevaricación y la crueldad ejercida con estos jóvenes suponen la violación de varios de los 30 artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y pueden considerarse crímenes de lesa humanidad.
Ortega-Murillo utilizó a su antojo a juezas y jueces (que se dejaron) como peones de esa cadena de mando política. Cada quien tienen su grado de culpa. Pero Payo Solís estaba en la Corte Suprema, un funcionario de altísimo nivel y brazo legal de la represión.
En la entrevista, aún dijo mucho más. Confesó haber comprobado, en los documentos de Medicina Legal, el tipo de munición y los métodos empleados en el asesinato de jóvenes, señalándolos como indicios claros de la cooperación necesaria del Ejército.
De su propia participación en la manipulación judicial, Payo Solís confesó haber actuado siguiendo órdenes. Su excusa es no haber podido hacer nada más que acatarlas, a sabiendas de la barbaridad que se estaba cometiendo. Dicho así, parecía que no tuvo culpa. Que solo era parte del proceso imparable.
Todos los regímenes autoritarios y dictatoriales, como nos recuerda Éric Vuillard en El orden del día, necesitan vestir a sus crímenes de una apariencia legal. El autor nos cuenta cómo el mismo Hitler esperó a que la invasión de Austria fuese legitimada oficialmente, aunque tuviese que retorcer la ley. Copio textualmente: “Es curioso cómo, hasta el final, los tiranos más convencidos respetan vagamente las formas, como si quisieran dar la impresión de que no se saltan por las buenas los trámites administrativos mientras transitan abiertamente por encima de todas las normas”.
En Eichmann en Jerusalén, un informe sobre la banalidad del mal, Hannah Arendt nos dio cuenta de cómo aquel oficial nazi, con tanta responsabilidad en los crímenes contra la población judía, se defendía ante el tribunal, relativizando su parte de culpa, puesto que “él no podía hacer otra cosa que obedecer órdenes”.
Ahí está el dilema. Ningún hombre puede cambiar al mundo, pero un hombre sí puede hacer algo para que el mundo no lo cambie a él. Solo en esa opción, a la larga, el mundo empieza a cambiar como reflejo. Solís es el primer cómplice importante del régimen Ortega-Murillo que confiesa. No recuerdo haber escuchado siquiera la palabra perdón en sus declaraciones. Quizá está en su conciencia. Pero hay que tener presente que la privación de libertad, sin garantías de normas fundamentales de derecho, es un crimen de lesa humanidad. Y en cualquier territorio que admita la justicia universal, los criminales deberían ser llevados a juicio.
La conciencia de Solís es algo privado. Pero el dolor de las madres y padres que perdieron a sus hijos, y de las que los vieron entre rejas injustamente, creo que merece una compensación diferente al estupor de alguien que confiesa “que solo acataba órdenes”.
El autor es periodista.
@jsanchomas