El ambiente en el que se desenvuelve el mundo de la Biblia es eminentemente rural y campesino, propio de aquellos tiempos. Jesús nos habla de algo que era muy común ver en Palestina: “la viña”.
En el Antiguo Testamento la imagen de la viña suele ser muy frecuente. Isaías nos habla de una viña que Yahvé cuidaba con mucho esmero, su pueblo; pero su gran desilusión fue ver cómo a la hora de producir frutos dio uvas amargas, en vez de dulces (Is 5, 1-7).
Sin embargo, yo quisiera fijarme hoy en un detalle que la alegoría de la vid no pasa desapercibido y creo que es de suma importancia. Jesús nos habla sobre la necesidad de la “poda” para que la vid produzca buenos y abundantes frutos (Jn 15, 2).
Se llama “poda” a todo ese conjunto de actividades que se llevan a cabo en las plantas y árboles con el fin de regular su desarrollo y buenos frutos.
La poda, por tanto, conlleva: eliminar las partes enfermas del árbol, cortar las ramas inútiles o envejecidas, y despojarse de todo follaje estéril. Pero el fin de la poda no es lo negativo de lo que se elimina, sino lo positivo del fin que se persigue: Que el árbol dé más y mejores frutos (Jn 15, 2).
La vida nuestra es como la vida de un árbol: Lo nuestro es dar frutos y cada día más abundantes y mejores (Jn 15, 8.16). Nuestra vida se identifica por los frutos que da, como decía Jesús: “Por los frutos les conocerán” (Mt 7, 16.20).
Por eso, “la poda” es necesaria llevarla a cabo también en nuestra vida con el fin de que nuestros frutos sean cada día más abundantes y buenos.
Son muchas las ideas inútiles que tenemos y que solo son comecocos. Son muchas las palabras, obras y actitudes que tomamos que, más que hacernos bien, nos hacen bastante daño a nosotros y a los demás.
Hay mucha hojarasca inútil y dañina en nuestra vida que tenemos que eliminar porque nos impiden crecer y dar los frutos que deberíamos producir.
¡Cuánta poda habría que hacer en nuestro mundo, en nuestros líderes y jefes para que efectivamente los que trabajan en ella den frutos de bienestar para el pueblo y para cada uno de sus ciudadanos sin distinción alguna!
¡Cuánta poda habría que hacer en nuestros servicios y trabajos, a la hora de hacer lo que se tiene que hacer: servir con prontitud y eficacia!
¡Cuánta poda habría que hacer en el mismo seno de nuestras familias!: Son muchas las actitudes que en ellas se toman que entorpecen la convivencia y la armonía entre sus miembros. Hay muchos egoísmos que se cultivan y se fomentan. Hay muchas formas de educar que son inútiles y dañinas.
¡Cuánta poda habrá también que llevar a cabo en el árbol de nuestra Iglesia y de nuestras comunidades cristianas!
La poda es necesaria para que el árbol de la vida crezca y sus frutos sean cada vez más buenos y abundantes.
No podemos refugiarnos bajo la sombra de árboles llenos de hojas, pero sin frutos algunos. Jesús maldijo la higuera porque no tenía frutos (Mt 21, 19). No podemos refugiarnos bajo la sombra de la mentira y la hipocresía que nos mantiene en la apariencia de un ser que no somos y de una palabra que no vivimos.
Necesitamos esa poda, muchas veces dolorosa, porque significa ruptura, pero siempre beneficiosa porque nos lleva a dar los frutos que Dios y la vida esperan de nosotros. Las podas son necesarias.
El autor es sacerdote católico.