No hay vida sin cruz

Todos pasamos momentos de angustia, Jesús también lo vivió angustiado ante su próxima muerte, ruega al Padre: “Con poderoso clamor y lágrimas” (Heb 5, 7).

Ante la pasión que se avecina Jesús dice de sí mismo que “su alma está turbada” (Jn 12, 27) por la clase de muerte que se le viene encima (Jn 12, 33).

Quizá estos textos, no los comprendemos tanto los cristianos de hoy. Se nos ha divinizado tanto la figura de Jesús que se nos ha olvidado que Jesús también es hombre, como nosotros.

Se nos ha dicho tanto que Jesús es Dios, que no nos pasa, ni por la imaginación, el que pueda reaccionar y sentir como cualquiera de nosotros, los seres humanos.

Por eso, puede parecernos extraño el que Jesús, ante su muerte, grite, llore, se angustie, tiemble, y hasta pida al Padre que le libre de lo que le viene encima (Jn 12, 27) y le quite la cruz (Mt 26, 39).

Pero Jesús no jugó a ser hombre, lo fue con todas sus consecuencias y con todas sus limitaciones. Y, por eso, al sentir lo que le venía encima, reacciona como cualquiera también de nosotros.

Los cristianos no somos nazarenos, gente condenada al sufrimiento y a la cruz. Como queriendo decirnos que lo que Dios desea para todos, no es una vida fregada, sino una vida bella en la que las cruces nunca estén presentes.

El Apocalipsis nos habla de la Jerusalén celestial, engalanada como una novia, donde ya no habrá “ni llanto, ni muerte, ni duelo, ni penas” (Ap 21, 2-4). Pero la realidad aquí, en este mundo nuestro, está ahí, por desgracia. La cruz se hace presente en nosotros una y mil veces, como se hizo presente en Jesús.

La vida lleva consigo: momentos muy difíciles, tragos muy amargos, contradicciones muy fuertes y cruces muy pesadas. Podríamos decir que no hay vida sin cruz alguna. Más tarde o más temprano todos sufrimos su presencia.

La pregunta ante esta realidad que nadie queremos ni deseamos, sería: “¿será posible sacar algún provecho de algo que nadie quiere ni desea, como es la cruz?”.

Hay un refrán que dice: “No hay mal que por bien no venga”. Quizá de nuestros males, de nuestras cruces, podamos sacar también algún provecho.

La cruz que no queremos ni deseamos, puede hacernos bajar del pedestal del poder y del orgullo tonto en que muchas veces estamos metidos. Cualquier alfiler se nos puede clavar en ese globo del orgullo y hacerlo explotar.

La presencia de la cruz puede hacernos más sencillos y humildes. La cruz que no queremos ni deseamos, pero que está ahí, puede ayudarnos a tener una mirada menos miope ante el dolor y sufrimiento nuestro y el de los demás.

La cruz que ni queremos ni deseamos, pero que está ahí, puede hacernos reflexionar y cambiar. La cruz ha servido a muchos para convertirse y empezar a vivir otros valores distintos.

Como decía Jesús: “Si el grano de trigo muere, puede producir grandes frutos” (Jn 12, 24). La cruz que ni queremos ni deseamos, pero que está ahí, puede producirnos una visión distinta hasta de Dios.

La cruz nadie la quiere ni la desea, pero en diferentes momentos de la vida surge y he de asumirla.

Nos cuesta aceptarla y ofrecerla pero hemos de negarnos a nosotros mismos, tomarla y caminar con Cristo diciendo continuamente: “por tus sangrientos pasos, Señor, seguirte quiero, y si contigo muero, dichoso moriré… Piedad, perdón te pido, pequé mi Dios, pequé. Jesús por todas tus penas, misericordia, Señor”.

El autor es sacerdote católico.

Opinión Dios archivo
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