En Bolivia continúan ocurriendo hechos políticos extraordinarios, que sin embargo no son exclusivos de ese país, de su cultura política y el talante de sus líderes, autoritarios y democráticos. Son hechos que ocurren también en otros países de América Latina y el Caribe.
Lo más reciente e impactante del escabroso acontecer político boliviano, ha sido el encarcelamiento de la expresidenta Jeanine Áñez y otras personas que formaron parte de su gobierno interino de un año, de noviembre de 2019 al mismo mes de 2020.
El gobierno socialista los acusa de haber cometido delitos de sedición, terrorismo y conspiración, por su participación en los hechos ocurridos en 2019, cuando un fraude electoral perpetrado por el entonces presidente Evo Morales, con el propósito de reelegirse, provocó una violenta rebelión popular que lo obligó a renunciar, escapar del país y refugiarse en México.
Es absurdo acusar a la expresidenta Áñez de golpista y otros crímenes políticos, pues lo que ocurrió fue que siendo ella senadora de la República, aceptó ejercer provisionalmente el cargo presidencial porque los primeros en la línea sucesoria no quisieron asumir la alta y compleja responsabilidad.
El fraude electoral de Evo Morales fue comprobado y denunciado por los observadores de la OEA y la Unión Europea. Evo Morales renunció porque el Ejército se negó a masacrar al pueblo para defenderlo, como él quería. Y la comunidad internacional respaldó el interinato de la señora Áñez.
Sin duda que Áñez cometió errores en el breve período que gobernó al convulsionado país andino. El principal de ellos fue haber contribuido a la desunión de los sectores democráticos al presentar su candidatura para seguir ejerciendo el poder presidencial ya elegida directamente por el voto. Áñez retiró su candidatura cuando reconoció que estaba favoreciendo el triunfo del partido y el candidato de Evo Morales, pero ya era demasiado tarde.
Ahora, a pesar de las promesas de moderación y reconciliación del presidente socialista Luis Arce, el poder revanchista de Evo Morales se está vengando de la expresidenta Áñez y los demócratas bolivianos pagan el costo de sus graves errores políticos.
Antes y después de las elecciones del 18 de octubre de 2020 en Bolivia, advertimos en este espacio editorial que la oposición de Nicaragua debía verse en el espejo de la desunión de los demócratas bolivianos, y decidirse por fin a concretar la unidad nacional que podría derrotar electoralmente a Daniel Ortega y desmontar la dictadura.
Ahora, lo que ocurre en el país andino debería obligar a los opositores de Nicaragua a reflexionar. A entender que para triunfar, o aunque solo sea para sobrevivir, tienen que unirse en una sola plataforma política.