No es posible saber a cuántos nicaragüenses democráticos les preocupa la persistente división opositora, que solo favorece a la dictadura. Pero por lógica se puede suponer que son muchos.
Es que no se necesita tener experiencia política ni títulos académicos de politología, para darse cuenta de que la dispersión de la oposición y los pleitos entre los opositores, complican más la dura y compleja lucha por sacar a la dictadura del poder.
No debería ser difícil entender que la viabilidad del proyecto de nación de cada partido, depende de que primero se quite a la dictadura y se cumplan las tareas mínimas inmediatas de la reconstrucción institucional.
Pero a pesar de que esto es fácil de ver, en la oposición hay fuerzas importantes que no terminan de entender que por encima de cualquier diferencia ideológica, proyecto partidista o simples aspiraciones de grupos y personas, necesariamente se debe poner el interés primordial de todos que es derrotar al régimen de Ortega.
Prácticamente todos los sectores de la oposición coinciden en que la salida de la dictadura tiene que ser por medio de elecciones. Lo que al parecer no todos tienen claro es que a Ortega solo se le podría derrotar electoralmente, si los diversos partidos y movimientos opositores se unieran alrededor de una candidatura presidencial común, y listas equilibradas de candidatos a diputados. Esto en el caso de que las elecciones de noviembre fuesen libres, competitivas y transparentes.
Ahora bien, a la división y los pleitos opositores se ha venido a agregar el choque político de don Fabio Gadea Mantilla —uno de los integrantes de la Comisión de Buena Voluntad para promover la unidad de oposición—, con el partido Ciudadanos por la Libertad y el precandidato presidencial democrático, Arturo Cruz Sequeira. Incidente que podría ser utilizado como otro pretexto para evadir el acuerdo de unión de la oposición.
Pero lo de don Fabio con CxL y Arturo Cruz no ha sido más que un rifirrafe, algo intrascendente. A la que podría perjudicar es a la misma Comisión de Buena Voluntad, que es autonombrada y no forma parte de la oposición organizada en las plataformas de la Alianza Ciudadana, la Coalición Nacional y otros grupos menores.
Lo verdaderamente preocupante es que Ortega no da muestras de voluntad para hacer una verdadera reforma electoral, que motive la participación popular masiva en las elecciones de noviembre. A él no le conviene que la gente democrática salga a votar, solo sus seguidores. A Ortega le favorecería que la oposición llamara a la abstención por falta de garantías electorales. Nos referimos a la verdadera oposición, la que quiere poner fin a la dictadura, no a los grupos que dicen ser opositores pero en realidad son auxiliares del régimen orteguista.
Hasta ahora no hay certeza de que las elecciones del 7 de noviembre serán libres y competitivas. Es probable que sean otra farsa electoral, como las que vienen ocurriendo desde 2008. Ortega solo cree en la fuerza y únicamente un poder superior al de él, lo obligaría a ceder. La comunidad democrática internacional es la que podría obligarlo, por medio de mecanismos diplomáticos y políticos. Pero, ¿lo querría hacer realmente?