Como todas las cosas de la vida, en este mundo cruel las dictaduras tienen también su albor, su cenit y su ocaso crepuscular. Nacen, crecen, se desarrollan y mueren. Algunas duran más y otras menos, esto depende de la voluntad de los pueblos donde se arraigaron, pero ninguna puede escapar, tarde o temprano, a su inevitable caída. Y lo más sorprendente del caso es que el fin de todas estas dictaduras, siempre tienen por colofón una tragedia, como si la mano de Dios quisiera rubricar con sangre una historia pletórica en injusticias y tribulaciones.
En los anales del siglo XX hay, entre muchos, tres casos paradigmáticos que confirman lo anteriormente indicado. El primero: cuando el dictador Adolfo Hitler, el Führer o caudillo para los nazis en Alemania, asumió el poder en 1934, entre los anuncios altisonantes que hizo fue que el III Reich duraría mil años. Antes de 15 años, el 30 de abril de 1945, él y su mujer Eva Braun, ante la catastrófica derrota frente a los Aliados se suicidaron y sus huesos calcinados enterrados en el patio del búnker donde se encontraban.
El segundo: Benito Mussolini, el Duce o caudillo para los fascistas en Italia, asumió el poder en 1925 y veinte años después el 28 de abril de 1945, él y su mujer, Claretta Petacci, fueron capturados por los partisanos en el fondo de un camión donde se habían escondido. Inmediatamente fueron fusilados y exhibidos sus cadáveres patas arriba, para que todo el mundo los viera.
Y el tercer caso: es el de la pareja formada por Nicolae Ceausescu y su mujer Elena Petrescu, dictadores de la República Socialista de Rumanía, quienes asumieron el poder en 1967. Ellos gobernaron brutalmente eliminando toda oposición, reprimiendo las manifestaciones pacíficas y aplastando la libertad de expresión. Cansado el pueblo rumano de tanto abuso se produjo el levantamiento popular el 17 de diciembre de 1989, cuando ordenó al Ejército disparar contra el pueblo y este se negó a hacerlo. (Los ejércitos cuando aspiran a ganar cierto grado de respetabilidad, siempre terminan apoyando al pueblo en sus justas demandas de justicia y libertad). El compañero Nicolás y la compañera Elena fueron capturados cuando se disponían a huir en un helicóptero. Se les acusó de genocidio por la masacre de Timisoare, destrucción de la economía y por haberse robado la bicoca de mil millones de dólares de los fondos públicos. La pareja fue ejecutada frente a la televisión rumana el 25 de diciembre de 1989 y sus principales secuaces condenados a cadena perpetua, por una ley que la dictadura había decretado cinco años antes de su estrepitosa caída.
Obviamente que todas estas dictaduras no cayeron, porque un día de tantos los dictadores se cansaron de mandar y de acumular riquezas mal habidas. Hubo que luchar muy arduamente para que se produjeran esos resultados.
Es por tal razón que los nicaragüenses en el exilio vemos con preocupación como los patrióticos esfuerzos de la Comisión de Buena Voluntad han sido infructuosos en lograr la unidad total de la oposición democrática; vemos con preocupación como los llamados Ciudadanos por la Libertad (CXL) continúan, extrañamente, con sus pretensiones hegemónicas, señalando con dedo acusador a otras organizaciones que han demostrado en la praxis su deseo de contribuir a la liberación de Nicaragua; vemos con preocupación tanto a la Coalición Nacional como a la Alianza Ciudadana que, en vez de estar presionando a la dictadura por las reformas electorales, andan empeñados en promover quiméricas candidaturas presidenciales.
Asimismo, vemos con preocupación cómo se está dejando a la zaga en las precondiciones para ir a unas elecciones el reclamo mil veces justo, de que se ponga ya en libertad a todos los presos políticos y que el día de dichas elecciones, se nos permita a los nicaragüenses en el extranjero votar en nuestras embajadas o consulados. Es necesario que la dirigencia opositora se convenza, de una vez por todas, de que ni la OEA ni el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, van a ofrecernos en bandeja de plata la democracia a la que todos aspiramos. Por lo que la consigna del momento debería ser: ¡La lucha sigue, hasta la victoria final del pueblo nicaragüense!
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).