Reinventar el amor en tiempos de pandemia

¿Cómo nos afecta la reclusión en pareja, familia o pequeños grupos?

La vida es un ritual, una cotidaneidad, desde que nos despertamos hasta dormir. Descansamos para retomar fuerzas, y asumir la responsabilidad consigo, sea en el aseo, alimentos, ejercicios, diálogos, el trabajo, la familia, amigos… Es un ritual, pero si se hace sin conciencia a ‘control remoto’, esa repetición eterna agota y caemos en estrés.

La atención consciente, amorosa y el cuido lo vivimos al ser manifestada por la pandemia, que nos ha centrado al retomar ese valor interno y desmontar paradigmas establecidos, como el estar ocupados, sin tiempo y solo produciendo recursos materiales para ‘ser felices’, con el confort y educación establecidos para el mantenimiento del sistema neoliberal capitalista. En un solo punto globalizado: confinados y bajo presión la especie humana está procesando y está más consciente de su fragilidad.

Delegadas las responsabilidades, insistimos en percibir que las soluciones se compran y actuamos sin conciencia del valor de la vida ritual, con menosprecio a la compañía humana, la naturaleza, el compartir; desde el año pasado comenzamos a extrañar los abrazos, volver a la ‘cotidaneidad después de la pandemia’ y ¿qué son los rituales?

La vida en sus diferentes aspectos ha sido alterada y las consecuencias del miedo a la contaminación por el Covid-19 apenas se manifiestan en el mundo, y para nadie es un secreto que antes de la pandemia los conflictos sociales eran constantes, como la violencia contra la mayoría de seres humanos sin empleo, recortes a los derechos laborales y sociales, las violaciones sexuales y violencia doméstica, la racial, homofóbica, contaminación al planeta; pero, ahora recluidos en casa, nos mantenemos con atención y reflexionamos, y notamos que la deshumanización y desamor nos puso ante la vida o la muerte, ser o no ser.

Las parejas de jóvenes y adultos nos conectamos en retomar los rituales con conciencia reflexiva y amorosa, porque hemos entendido la necesidad del contacto físico, de las interacciones, del conversar y cómo aprender a mantener diálogos internos o introspectivos, el valor del verbo expresado y sus manifestaciones corporales. Atender los mundos que habitamos y los que nos habitan, como el mundo psicológico y emocional, tan manipulado en las interacciones sociales.

Al reinventar el amor o “Reinventemos el amor”, como nos decía el poeta francés Rimbaud, con la misma pareja nos da unas posibilidades explorativas, de acercamiento al ser amado, amada de formas infinitas nunca conocemos al ser interno. Utilizamos los conceptos que nos rigen en el mundo formal y normativo, y aún así, el lenguaje es el alma viva, autogenera y es instrumento nutricio de nuestra existencia. La ceguera egóica nos ha fracturado y solo creemos en la diosa razón, logocéntrica.

Cuando se establecen conexiones afectivas funcionales en el tiempo y espacio cronológico, dominados por el dios del tiempo Cronos nos limitamos a sobrevivir con todas las desgracias, somos partícipes indirectos “un árbol no hace montaña”, es cierto, pero el ser víctimas y sentir impotencia no ayuda a solucionar. El estar consiente es una gota en el océano, para activarnos, y releer los informes harto conocidos nos dará nuevas perspectivas, ante los informes científicos, que por más de cincuenta años han repetido sobre la contaminación global, del CO2, extinción de animales, plantas, aborígenes, agua dulce… señalo este macro fondo tenebroso con optimismo, al sentir los tiempos psicológicos internos el tiempo está en nosotros y rehacemos. Es maravilloso sentir la existencia acompañada, en principio por uno o una y convivir con seres responsables, amantes de la naturaleza y de todo lo animado e inanimado que nos rodea. Porque así como es “afuera es adentro’’, ley divina, principio del Alfa y Omega en continua interdependencia: las parejas con sus diferentes estaciones mutan y regeneran en el amor con sus corazones prestos, en sangre, cuerpo, músculos y órganos… No hay nada más poderoso que el amor consciente, del agradecer todos los días en ese ritual: de amanecer en la tibieza del sol mañanero, al respirar, oír las hojas arrastradas por el viento, las mariposas floridas y ese despertar de la chispa divina, con el arte de la vida que nos habita y aún, si nos deja el alma, aliento, ella también mutará.

Recuerdo una expresión que me ha marcado, “el alma tiene la forma del cuerpo”, del sabio Aristóteles, y así, vamos con la pandemia, aprendiendo a convivir en armonía interna y con la atención presta en el amor, que diluye tiranías.

La autora es escritora.

Opinión Aristóteles archivo
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