Con el paso del tiempo hay un sinnúmero de cosas que han mejorado. La evolución es evidente, pero en otras se ha retrocedido. Algunas de ellas son la Serie del Caribe y las Ligas de Invierno. No pretendo sonar como muchos que no se adaptan a los tiempos y critican que todo lo pasado fue mejor, cuando no es así. No obstante, la Serie del Caribe sí lo era. La primera vez que asistí a una Liga de Invierno fue en Puerto Rico con los Criollos de Caguas con 22 años y había debutado en Grandes Ligas. Entre los jugadores se tenía la concepción que si podías brillar en esos torneos serías un jugador estable y de gran nivel en la MLB, el Caribe era la pasantía para el mejor beisbol del mundo.
Cuando arribé estaba ansioso, no con miedo, pero sí con ganas de comerme el mundo y eso me pasó factura. Perdí mis tres primeros desafíos y aprendí de esa experiencia. Aquí lo importante no es donde estás, sino donde uno se visualiza en el futuro y yo no quería seguir en el fango. No pretendo excusarme por ese flojo inicio en Puerto Rico, sin embargo, también sucedió la compañía de mi familia (esposa y dos hijos) por primera vez para mudarse definitivamente conmigo en el extranjero. Me emocioné mucho al verlos y pudo ser un factor de distracción.
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Me impresionó ver a tantos compañeros de un nivel altísimo. Alrededor tenía a Eddy Murray, Cheo Cruz, Sixto Lezcano, José Manuel Morales, Tony Scott y Félix Millán, todos con presencia en la Gran Carpa. Me adapté a la exigencia de los bateadores, el mánager me dio la confianza de continuar y nunca puso en duda lo que podía ofrecer. Al final cerré ese torneo con 8-5 y 3.35 en efectividad, fuimos campeones y, posteriormente, cuando representamos a Puerto Rico en la Serie del Caribe el nivel era tan alto que terminamos doblegados. Todos hicimos un gran esfuerzo, pero fue insuficiente. Esta fue otra enseñanza brindada por la pelota. Semanas atrás celebrábamos ser los mejores de la Liga de Puerto Rico y más tarde caíamos en la Serie del Caribe. Si uno se vuelve loco con las primeras victorias, cuando se toque el fondo será duro salir de él; por eso uno debe aprender a canalizar con humildad las victorias para estar preparado en la época de vacas flacas.
Los peloteros de mi época observaban las Ligas de Invierno como una forma de estar en buenas condiciones para la temporada que se avecinaba en Grandes Ligas, también se hacía para conseguir un dinerito extra. Antes no teníamos los mismos salarios que existen ahora en la MLB, lo cual ha provocado que las organizaciones tengan miedo de invertir millones en un jugador y se lesione jugando en préstamo para los equipos de otras ligas. El salario mínimo de aquel entonces era 45 mil dólares y ahora ronda los 500,000.
El sabor de la derrota siempre será amargo, pero no es una pérdida de tiempo. Jugar en el Caribe me ayudó a ganar confianza, a sentirme parte de un equipo de nivel, a creer que ese chavalo alto, flaco y chirizo podía fajarse con cualquiera, sin titubeos y, el aporte fue grande para mi estabilización con Baltimore en la temporada siguiente.
Quiero reiterar que no pretendo ser de esas personas incómodas, tercas con la mente en el pasado, pero hay una realidad: el Caribe era la pasantía a la MLB.