Este 27 de enero se ha celebrado el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. La Asamblea General de las Naciones Unidas escogió este día, en recuerdo de que el 27 de enero de 1945 las tropas rusas liberaron a los prisioneros del campo nazi de exterminio de Auschwit-Bikernau, en Polonia.
Seis millones de judíos y alrededor de cinco millones de personas más, fueron asesinados por los nazis en los más de 42 mil centros de exterminio que instalaron en distintos lugares de Alemania y Europa. Además de los millones de judíos, varios millones más de polacos y personas de otras nacionalidades, militantes socialdemócratas y comunistas, prisioneros de guerra, gitanos, discapacitados físicos y mentales, prostitutas y homosexuales, fueron exterminados por los nazis porque no los reconocían como seres humanos.
La palabra Holocausto que Naciones Unidas escogió para nombrar aquella terrible matanza, viene de un vocablo griego que literalmente quiere decir “todo quemado”. Pero los judíos la llaman Shoa, que en hebreo significa destrucción, catástrofe, devastación, porque en realidad eso fue aquella gran tragedia para el pueblo israelita. Sin embargo, como se quiera llamar a aquel espantoso genocidio, la humanidad no puede ni debe olvidarlo jamás.
El papa emérito Benedicto XVI calificó el Holocausto o Shoa como “una vergüenza en la historia de la humanidad”. Y el papa Francisco expresó este miércoles 27 de enero, en un mensaje especial, que es necesario recordar “a todas las víctimas de la Shoa (Holocausto), y a todos los perseguidos y deportados por el régimen nazi… recordar es una expresión de humanidad, recordar es un signo de civilización, recordar es una condición para un futuro mejor de paz y fraternidad”. Y añadió que “recordar también significa tener cuidado porque estas cosas pueden volver a ocurrir, empezando por propuestas ideológicas que quieren salvar a un pueblo y acaban destruyendo a un pueblo y a la humanidad”.
Pero “esas cosas” están ocurriendo, aunque no sea en la misma forma y dimensión que tuvo la Shoa u Holocausto. El humo de Los hornos de Hitler, como es el título de un libro de memorias de la sobreviviente rumana del Holocausto, Olga Lengyel, se ve y se siente su asfixiante efecto hoy en diversas partes del mundo, donde siguen ocurriendo masacres genocidas justificadas con “propuestas ideológicas” que encubren proyectos de dominación política total y perpetua.
En Nicaragua, los cabecillas del régimen actual creen que solo sus seguidores son humanos. Califican a las personas que los adversan y claman por libertad y democracia, con términos tan odiosos como los que usaban los nazis para referirse a los judíos y demás personas a las que consideraban inferiores. ‘Minúsculos’, ‘bacterias’, ‘vampiros’, ‘traidores’, ‘vendepatrias’, ‘satánicos’… son algunas de las por lo menos 40 expresiones de odio, discriminación y deseo de exterminio que, según una publicación de LA PRENSA del 29 de diciembre de 2019, había usado y sigue usando la codictadora de Nicaragua para tratar de deshumanizar a los activistas opositores y personas democráticas en general.
En septiembre de 2020, Daniel Ortega se lamentó por no poder aplicar a sus opositores la pena de muerte. En su lugar ha dictado la de cárcel perpetua y otras leyes represivas inhumanas. Es obvio que si pudiera hacerlo, los mandaría a centros de exterminio como el nazi de Auschwitz-Bikernau.