Solos no podemos nada, necesitamos de los demás. Las realizaciones solo se llevan a cabo en comunión con otros.
Una autoridad pública puede tener muchos y grandes proyectos para la nación; pero él solo no puede llevarlos a feliz término; necesita de la ayuda de los demás.
Una empresa podrá tener gerentes muy buenos, con ideas clarísimas de cómo llevar a cabo las metas propuestas; pero sin la colaboración de sus propios trabajadores todos los sueños de esos gerentes se vienen abajo.
Unos padres de familia podrán hacer muchos y bellos proyectos para construir una bella familia en la que todos sus miembros crezcan y se desarrollen como dignas personas humanas. Pero sin la colaboración de los hijos todos esos sueños de los padres quedarán frustrados.
Como decía San Pablo: “No puede el ojo decir a la mano: “¡No te necesito!” Ni la cabeza a los pies: “¡No te necesito!” (1 Cor. 12, 21). Hay proyectos en la vida que no se pueden llevar a cabo sin la colaboración de los demás.
Jesús se da cuenta de que el sueño de su Padre Dios, la salvación de todos los hombres, no lo puede llevar a cabo él solo. Por eso Jesús: va formando a su alrededor a gente para que le ayude en esta labor de ser “pescadores de hombres” (Mc. 1, 17).
Invita a Pedro, Andrés, Santiago y Juan a que le sigan (Mc. 1, 16-19) y se unan a su causa que es la misma causa del Padre Dios: construir una nueva humanidad, construir un nuevo mundo con nuevos valores que haga posible una vida más feliz para todos los hombres en la fraternidad.
Antes de partir a la casa del Padre, Jesús reúne a todos sus discípulos y les pide que sigan la misma tarea que él ha iniciado: “Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación” (Mc. 16, 15).
El sueño del Padre Dios, iniciado en Jesús, de construir un hombre nuevo, una nueva humanidad, no se pueden llevar a cabo por sólo Dios ni por sólo Jesús. Dios y Jesús necesitan de nosotros. Ya lo decía San Agustín: “Quien te creó sin ti, no puede salvarte sin ti”.
La tarea de reconstruir al ser humano es tarea de todos. Todos estamos llamados a ser, como dice Jesús: “Pescadores de hombres” (Mc. 1, 17).
Dios nos necesita: Dios necesita de nuestra colaboración. Dios necesita de nuestras manos, de nuestra ayuda.
Jesús, como antes lo dijo a sus apóstoles, también nos dice hoy a nosotros: “Vengan conmigo, y les haré llegar a ser pescadores de hombres” (Mc. 1, 17).
Por eso aquella oración que dice: “Jesús, no tienes manos. Tienes sólo nuestras manos para construir tu Reino, el mundo nuevo donde reine la justicia y la fraternidad.
Jesús, no tienes pies. Tienes sólo nuestros pies para poner en marcha la libertad y el amor.
Jesús, no tienes labios. Tienes sólo nuestros labios para anunciar por el mundo que es posible un hombre nuevo y una nueva sociedad.
Jesús, no tienes medios. Tienes sólo nuestra acción para lograr que todos los hombres podamos llamar a Dios Padre y seamos hermanos los unos de los otros.
Jesús, nosotros somos tu Evangelio, el único evangelio que la gente puede leer, si nuestras vidas lo manifiestan claramente.
Jesús, danos tu musculatura moral para desarrollar nuestros talentos y hacer, como Tú, bien todas las cosas. Aquí nos tienes, merece la pena que te sigamos; merece la pena luchar por tu causa. Haznos verdaderos pescadores de hombres”.
El autor es sacerdote católico.