El comienzo de Biden

El nuevo presidente de Estados Unidos (EE. UU.), Joe Biden, tomó posesión ayer en una ceremonia empañada por la caprichosa ausencia del presidente saliente, Donald Trump. Pero al menos no fue tan deslucida como la del presidente Andrew Jackson en 1829, quien juró el cargo primero ante “el pueblo”, en los alrededores del Capitolio, y luego invitó a sus partidarios a la ceremonia oficial en la Casa Blanca. La turba invadió la sede presidencial causando grandes destrozos y desórdenes, al extremo de que Jackson tuvo que huir y refugiarse en un hotel cercano.

Ayer no ocurrió algo tan grave como aquello. La acción de la turbamulta seguidora del ahora expresidente Trump ya había ocurrido, hace dos semanas, solo que en el Capitolio, la sede del poder legislativo de EE. UU. De manera que lo feo de la toma de posesión, ayer, fue más por la desmedida e intimidante presencia militar, propia de un Estado totalitario y no de una democracia ejemplar.

Como sea, EE. UU. tiene un nuevo presidente que pertenece al partido contrario al que gobernó en los últimos 4 años. Prevaleció la regla de la alternabilidad en el poder, las instituciones democráticas estadounidenses han probado que funcionan, son robustas y capaces de enfrentar airosamente los desafíos de los enemigos de la democracia.

Ahora, dada la magnitud de la fractura política y la polarización extrema y enconada de la sociedad de EE.UU., que han dejado las controversiales elecciones pasadas y la resistencia de Trump a aceptar la victoria de su rival; y por la crisis socioeconómica causada por la pandemia del coronavirus, el presidente Biden tendrá que centrar sus primeros principales esfuerzos en atender la compleja problemática interna y tratar de cerrar heridas. Así lo prometió en su discurso inaugural y fue muy aplaudido.

Pero aun en las peores condiciones internas EE.UU. nunca ha descuidado los problemas internacionales, y menos que lo haga ahora, cuando sus principales adversarios avanzan en la expansión global y retan el liderazgo estadounidense. La política internacional de EE. UU. puede ser correcta o errada, pero nunca deja de actuar de manera protagónica en el conflictivo escenario mundial.

En Nicaragua hay expectativas por el tipo de relación que Biden decida tener con la dictadura de Daniel Ortega. Este y sus partidarios esperan que EE. UU. al menos modere la retórica política y suavice las sanciones que con Trump fueron bastantes fuertes. Mientras que en la oposición se espera que, aunque haya cambios formales, la nueva Administración norteamericana mantenga la presión por la salida democrática de la dictadura mediante la celebración de elecciones libres y transparentes.

El nuevo Secretario de Estado, Antony Blinken, y el ahora director de Asuntos Hemisféricos en el Consejo de Seguridad Nacional, Juan Sebastián González, no han hablado directamente sobre Nicaragua. Pero su posición respecto a Venezuela podría entenderse como una señal del tratamiento que le darán a la dictadura de Ortega. Blinken invitó a la toma de posesión de Biden al embajador de Venezuela nombrado por Juan Guaidó, enviando así un claro mensaje a la dictadura de Nicolás Maduro. Y González declaró que “es imposible ignorar que Nicolás Maduro es ahora un dictador, que ha perdido toda legitimidad por el sufrimiento que le ha infligido al pueblo venezolano”.

Al parecer se lo dicen a Nicolás para que lo entienda también Daniel. Los truenos suenan en el sur, pero la lluvia seguramente no dejará de mojar a Nicaragua.

Editorial Capitolio Casa Blanca archivo
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