Díaz y Sotelo, el periodista olvidado

La historia periodística de Nicaragua ha visto consagrarse a centenares de ilustres y emblemáticos hombres y mujeres de prensa como “brillante (s) soldado (s) del derecho, defensor (es) y paladín (es) de la justicia”, como catalogó nuestro poeta y periodista universal, Rubén Darío, a quienes “hacen de su pluma un arma hermosa”.

Es menester recordar, de entre ellos, al olvidado Manuel Díaz y Sotelo, periodista de radio y articulista que fue asesinado a los treinta años, el 6 de agosto de 1959, por la guardia somocista.

“He contraído un compromiso con el pueblo y si solamente yo tengo que decir la verdad, pues asumo ese deber solitariamente”, decía vehemente, y esta frase fue su filosofía de vida.

Por eso, desde el periódico Flecha, a través de su columna titulada Trinchera, ejerció su labor de forma esplendorosa con críticas acérrimas hacia la dictadura somocista, tal cual le demandaban su elevada conciencia periodística y sus valores humanos.

La Guardia Nacional de la dictadura trató de callarlo, sometiéndolo a numerosas e inenarrables torturas, pero no consiguieron su cometido; todo lo contrario, avivaron la llama que lo impelía a decir la verdad, así le costase la vida.

El compromiso del periodista es con la Verdad sustraída de la realidad investigada y la entrega diáfana de esta en un escrito a un espectador ávido de fortalecer su conciencia y convicciones. Un buen periodista no distorsiona la conciencia de las masas. Crea conciencia en los pueblos.

Tomando en cuenta los difíciles tiempos que vive el periodismo nacional, quien se jacte de ser un periodista con todas sus letras, debe tomar como parámetros las cualidades que poseía Díaz y Sotelo.

No se trata de compararse con él, sino de imitar su ejemplo como defensor de la realidad y de los intereses de la ciudadanía, sobre todo hoy día cuando las seducciones del poder y el dinero quebrantan la voluntad y la fe de muchos hombres y mujeres de prensa y los condenan a la miseria humana.

Son pocos los hombres y mujeres de prensa que no han desistido a sus ideales y son muchos los que la tergiversan y se corrompen por un salario, un puesto y por mantener su estatus; algunos se hacen llamar influencers, pero en lugar de inspirar en sus audiencias una conciencia ciudadana y el libre pensamiento, los arrastran a la esclavitud mental.
El buen periodista debe hoy ser el mejor conductor de las conciencias colectivas, pero debe examinarse si está preparado para esta tarea en el avance del siglo XXI.

Es tiempo de autoevaluarse y ver en qué dirección apuntamos nuestra pluma o nuestra voz, si la estamos usando como un “arma hermosa” que defiende al débil e indefenso, o como un instrumento de doble filo al servicio de dos amos, o como un arma sin filo.

Es tiempo de rescatar el legado de Díaz y Sotelo, un mártir olvidado.

La autora es periodista.

Opinión periodista archivo
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