Estamos en el tiempo de la espera, tiempo de la preparación, tiempo de la conversión a la venida del Señor que viene lleno de poder, lleno de gozo, lleno de esplendor, lleno de fuerza, lleno de Luz.
¿Qué significa prepararnos para la venida del Señor? Significa buscar intensamente al Señor de la vida, al Señor de la historia en lo profundo de nuestro corazón; significa animarnos a que la gracia de Dios penetre en lo profundo de nuestra vida y de nuestra historia. El Señor va a venir y debemos estar preparados.
¿Cómo nos preparamos para esperar la venida del Señor, que viene en la condición frágil de un niño, pero lleno de poder, lleno de bondad, lleno de amor? Debemos darnos tiempo para estar preparados y es un camino necesario que debemos de asumir como creyentes, como cristianos. Es un camino que debemos hacer para poder alcanzar la plenitud de lo que el Señor nos ofrece en la persona de su hijo Jesús, allí en el pesebre, en ese lugar que va a elegir para nacer, en el pesebre de nuestro corazón. Pero debemos estar prevenidos, debemos prepararnos constantemente, en las obras cotidianas, en la oración, en los gestos concretos que podemos hacer a nuestro prójimo, reconociendo en ellos el rostro visible de Jesucristo.
Hoy hay muchos crucificados por el dolor, por la pena, por la angustia, por la soledad, otros privados de libertad, y tantos otros que caminan sin rumbo, sin saber dónde está el Señor. Por eso es que, este tiempo que comenzamos, sea tiempo de la esperanza en el Señor, de su promesa, la promesa de alcanzar la vida en plenitud, asumiendo y viviendo nuestro ser cristianos, llevando el amor de Dios a todos los hombres, en todos los lugares, allí donde el Señor nos envíe. Que este tiempo sea realmente el tiempo propicio para volver fuertemente la mirada hacia el Señor y que no tardemos nunca en buscarlo, sobre todo cuando nos sentimos solos, tristes o cuando hemos perdido el sentido de la vida. Que el Señor sea luz y guía para nuestros pasos. Como dice San Pablo:
“Que dejemos las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz” (Rom. 13, 12).
Tenemos que estar en vela, en la construcción de la paz. Es muy tentador tranquilizar nuestra conciencia, creyendo que somos “buenas personas”, que queremos y buscamos la paz y que son los otros “los malos” que no la desean, ni la hacen posible. Por lo general, cada uno de nosotros tiene una imagen interesada de la paz y, en realidad, lo que buscamos es un orden de cosas tranquilo donde se cumplan nuestros intereses individuales y políticos. Es por eso que hemos de escuchar una vez más la llamada a “despertar” (Mt. 24, 42) y abrir los ojos. Hemos de preguntarnos si realmente queremos la paz aunque no responda completamente a nuestros objetivos individuales o de grupo.
Caminar hacia una paz justa y verdadera para todos, solo será posible sí sabemos escucharnos y buscar juntos lo que hay de justo y bueno en los diversos planteamientos.
El autor es sacerdote católico.