El Día de Difuntos es la oportunidad para recordar y rendir tributo a los seres queridos y amigos que han fallecido. Se les recuerda siempre, pero en esta fecha de manera especial, como una conmemoración nacional.
Esta celebración nos iguala a todos en nuestra común condición humana, cualquiera que sea el nivel económico y social de cada quien, recordándonos que somos mortales y en algún momento tendremos que morir. Pero además, en la devoción por la memoria de los seres queridos desaparecidos se manifiestan los valores morales comunes que nos identifican como nación.
Se cuenta la leyenda de que el sacerdote indígena Tomás Ruiz, héroe de la lucha por la Independencia Nacional de Nicaragua, fue encontrado un Jueves de Corpus por el obispo de León, removiendo unos huesos humanos en el atrio de la iglesia de Sutiaba. “¿Qué haces, padre indio?”, le preguntó el obispo. Y el sacerdote respondió: “Aquí, monseñor, tratando de encontrar en estos huesos la diferencia entre el indio y el blanco”.
Verdad o leyenda, la anécdota sirve para demostrar que en nuestra condición humana todos somos iguales, por encima de origen racial o étnico, clases sociales, estatus político y riqueza. Y que todos somos nicaragüenses.
El doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director mártir de LA PRENSA, cuya memoria honraremos con especial devoción el próximo 10 de enero de 2018 al cumplirse el cuarenta aniversario de su asesinato, dijo que en fechas como esta y las fiestas patrias, deberíamos poner una flor en la tumba de cada persona que ha muerto por defender sus ideales políticos, cualesquiera que estos hayan sido, pues al fin y al cabo todos murieron por Nicaragua.
En realidad, esa sería una forma muy hermosa y digna de reconocer que todos pertenecemos a la misma tierra donde hemos nacido y a la que inevitablemente tenemos que volver para ser sepultados, independientemente de las banderas políticas que enarbolamos y las ideas y causas que defendemos. Y para reconocer que aunque algunos, por sus privilegios económicos y políticos se creen más grandes e importantes que los demás, después de muertos todos volvemos a ser iguales.
Materialmente no es posible poner una flor sobre la tumba de cada nicaragüense caído en las guerras civiles, o asesinado por sus ideas, aspiraciones y demandas políticas. Pero podemos elevar una oración o guardar un instante de silencio en memoria de todos los que murieron por defender y promover sus causas, correctas o equivocadas según como se les juzgue y ya sea que fuesen humildes personas o poderosos personajes.
Memento mori (Recuerda que morirás), coreaban los antiguos romanos a los poderosos generales cuando regresaban victoriosos de las guerras imperiales, para recordarles que ellos también eran mortales como los demás y no debían permitir que las glorias efímeras del poder se les subieran a la cabeza.
Eso mismo habría que decirles ahora a quienes se comportan como emperadores y equivocadamente creen que su poder es absoluto y será para siempre.