Los obispos de Nicaragua han señalado en sus documentos pastorales que la apatía y desconfianza electoral se deben a la falta de garantías, pero también a que los partidos no ofrecen “estrategias políticas claras que conduzcan a la elaboración de un proyecto de nación”.
Por su parte, analistas políticos democráticos, representantes de la sociedad civil, ciudadanos independientes e inclusive miembros de los partidos políticos, aseguran que estos necesitan ser reconstruidos políticamente y renovados éticamente.
Lo cierto es que en todas partes del mundo los partidos políticos están en crisis. Solo los partidos autoritarios y totalitarios que detentan el poder no sufren crisis de credibilidad. Pero es porque no son democráticos, no permiten la discrepancia y sus militantes solo obedecen. Para comprobarlo basta ver cómo en el FSLN se destituye a diputados, alcaldes y concejales, porque se desvían de la línea oficial o se atreven a opinar en público.
Por eso es que los partidos comunistas de China, Vietnam, Cuba y el FSLN de Nicaragua que es su equivalente, no tienen problemas de credibilidad y aparecen en las encuestas con increíbles índices de confianza popular.
Pero los que nos interesan son los partidos democráticos, que no cumplen su función de ser un soporte de la democracia, no solo por defectos organizativos sino, sobre todo, por infidelidad a los principios y valores de la democracia.
Pero ¿cómo renovar y regenerar a los partidos políticos, si sus mismos afiliados y dirigentes no quieren hacerlo? ¿Y con qué sustituirlos, ya que ellos no quieren renovarse?
No es sencillo inventar nuevos organismos políticos que sustituyan a los partidos. Todo movimiento surgido con ese propósito —y han sido muchos a lo largo de la historia— terminó convirtiéndose en otro partido político, aunque se llamase de otra manera, con los mismos vicios que denunció para justificar su aparición.
Quizás una razón muy importante por la cual los partidos no se renuevan es porque, aunque compiten entre ellos mismos, no tienen competencia externa. Les falta un acicate para superarse.
En 1989 se creó en Nicaragua la figura jurídica de la Asociación de Suscripción Popular, para que, fuera de los partidos políticos y llenando algunos requisitos, los ciudadanos pudieran proponer y apoyar candidatos a cargos electivos menores. La idea fue originalmente para las elecciones en la Costa Atlántica, a fin de que hubiera allí una representación regional criolla y más auténtica, no solo las implantaciones partidistas del Pacífico y Centro del país.
La suscripción popular comenzó a extenderse exitosamente a otros lugares de Nicaragua, pero entonces vino el pacto de los liberales arnoldistas con los sandinistas orteguistas, para la repartición bipartidista del botín del Estado e impedir un auténtico pluralismo político. Y las asociaciones de suscripción popular fueron borradas de la Ley Electoral.
La recuperación de las asociaciones de suscripción popular podría ser parte del programa para la restauración democrática en Nicaragua. No con el fin de sustituir a los partidos pero sí para incentivar su renovación.