Cuando fui embajador de Nicaragua en España intenté seguir algunas huellas de Rubén Darío en Madrid, Barcelona y Mallorca. Acompañado del nieto español del poeta, Rubén Darío Villacastín y mis compatriotas Will Gaitán y René González fuimos a la aldea de Navalzaus, donde Francisca “Paca” Sánchez, compañera de vida de Rubén, se había refugiado en 1905 con su pequeño hijo “Phocás” en un momento de pobreza y de ausencia de Rubén, quien habitualmente viajaba por largas temporadas.
Para llegar a la aldea se sube a través de una estrecha y empinada carretera a 1,200 metros sobre el nivel del mar, en la prolongación de la Sierra de Gredos en la provincia de Ávila y se va bordeando el camino para tropezar con una gigantesco cerro de piedra caliza que en vano intenta ocultar las cumbres nevadas de otros picos que surgen en la retaguardia. Y dando vueltas se observa la calzada romana, una calle empedrada que atraviesa montañas y en determinados trechos se mantiene intacta a pesar de sus dos mil años de construida.
En la crónica que escribió Darío, titulada Fiesta Campesina dice: “El paisaje no deja de ser pintoresco, limitado por alturas lejanas, cerros oscuros manchados de altos álamos y piornos, bajo cuyas espesuras es fama que se agita el más poblado mundo de liebres y conejos”.
La descripción geográfica es exacta, pero ahora los cerros no son tan oscuros y casi no hay liebres y conejos. A estos últimos los diezmó una plaga de ceguera y la agricultura moderna se encargaría de la deforestación de los álamos y piornos. Sigue Darío: “Y diviso el pueblo: un montoncito de casucas entre peñascos; estamos en el imperio de lo primitivo… Al entrar a la aldea se me señala la iglesia, muy chica, medio caída, con una alameda al lado de la puerta y situada en medio del camposanto… Mi asombro es tan grande que no veo una sola cruz, así fuese la más tosca y miserable”.
Irónicamente, cuando Darío escribió esas líneas, estaba muy lejos de imaginar que en ese camposanto serían enterrados sus dos hijos. El pequeño Phocás, quien murió en Navalsauz en junio de 1905 víctima de bronconeumonía agravada por el frío y las penurias económicas de la familia y Carmen, a quien no conoció porque estaba en París trabajando para “La Nación” de Buenos Aires. La niña había fallecido en Madrid en 1901, víctima de la viruela, a la edad de 9 meses y aparentemente sus restos también reposan en ese cementerio. Otra hija murió al nacer.
Antes de que Phocás falleciera a la edad de 2 años Darío le escribió en 1903 el famoso poema “Phocás el Campesino”, donde como una premonición cargada de tragedia le dice: “Hijo mío… perdóname el fatal don de darte la vida”. Y en efecto, en su corta existencia el niño sufriría por la ausencia del padre, la enfermedad y los efectos de las privaciones económicas, porque la vida del poeta estuvo plagada de laureles y miserias.
Hoy la iglesia está en el mismo lugar y aunque modestamente restaurada, sigue siendo pequeña y rodeada de muchas tumbas sencillas con cruces y nombres. Nosotros buscamos en vano la de Phocás y Carmen, pero no habían rastros ni huellas, “ni una cruz por tosca y miserable” que les identificara, aunque muchas fuentes indican, incluyendo familiares con quienes hablamos, que allí enterraron al niño en 1905 y que también en ese lugar reposan los restos de Carmen.
Ante la muerte de sus hijos el poeta vivió con un remordimiento que lo acompañó por mucho tiempo. Y no era para menos, había estado ausente durante el nacimiento de los cuatro; durante la muerte y entierro de los tres primeros; y en el bautizo y la comunión del último, nacido en 1907 y a quien llamaron “Güicho” de sobrenombre. Ese mismo año Rubén enfermó debido a un alcoholismo avanzado pero siguió escribiendo, viajando y dando conferencias en varios países, viviendo con altibajos hasta que murió en Nicaragua en 1917, luego de haber salido de España en 1914 sin su mujer.
A la muerte de Darío, Paca Sánchez se mudó a su casa de Navalzaus con todos los papeles y pertenencias del poeta. Era un caserón humilde de piedra como muchas de las viviendas que la rodean, pero en 1956 Paca donó al Ministerio de Educación de España los archivos de Rubén, que más tarde pasaron a custodia de la Universidad Complutense. En compensación el Gobierno de España reconstruyó el viejo caserón y colocó una placa haciendo constar que en ese lugar, rodeado de vacas y ovejas, se habían conservado con fiel devoción más de cinco mil páginas de originales escritas a mano, además de objetos personales, del más universal de los nicaragüenses.
La película La Princesa Paca es un homenaje merecido a Francisca Sánchez, una mujer que vivió fiel al difícil proceso de consagración del Príncipe de las Letras Castellanas.
El autor fue embajador de Nicaragua en España, Colombia y Ecuador.