Crítica de cine: 50 Sombras Más Oscuras

Al menos 50 Sombras de Grey fue dirigida por una mujer, Sam Taylor-Johnson. Quizás por eso tenía espacio para que la actriz construyera algo interesante.

La segunda película en la franquicia basada en las novelas de E.L. James promete más diversión de tono subido. Esta pieza de erótica para puritanos insiste en explotar manifestaciones que se separan de la sexualidad convencional, tiñéndolas de matices perversos, al mismo tiempo que potencia el morbo en su visualización.

Al menos “50 Sombras de Grey” fue dirigida por una mujer, Sam Taylor-Johnson. Quizás por eso, tenía espacio para que la actriz Dakota Johnson construyera una actuación interesante entre los confines de un personaje imposible. La heroína, Anastasia Steele, era una joven inocente. Demasiado inocente como para pasar por habitante convincente de Estados Unidos en el siglo XXI. A medida que se sometía a la voluntad del millonario Christian Grey (Jamie Dornan), encontraba fortaleza interna para eventualmente imponer su voluntad. La película terminaba con ella dándole la espalda al galán, renegando del “contrato de sumisión” que le había hecho firmar.

A pesar de sus amagos de transgresión, el subtexto es eminentemente moralista y conservador. Grey (Jamie Dornan) practica el sadomasoquismo porque es un hombre roto, traumatizado por una infancia escabrosa y una relación abusiva que marcó su adolescencia. Reclutar mujeres para convertirlas en “esclavas” en su calabozo privado es solo la estrategia que emplea para huir de la felicidad que trae consigo la genuina intimidad.

“50 Sombras mas Oscuras” arranca con Grey tratando de conquistar nuevamente a Anastasia. El foco de atención pasa de la psicología interna de los personajes a factores externos que prometen violencia: Leila (Bella Heathcote), ex “sumisa” que merodea con intenciones vengativas; Jack Hyde (Eric Johnson), jefe de Anastasia en una editorial, artero depredador sexual, y Elena Lincoln (Kim Basinger), la mujer mayor que abusó de Christian en su adolescencia.

Juan Carlos Ampié, crítico de cine.
Juan Carlos Ampié, crítico de cine.

James Foley en un director de mediado calibre, con varios thrillers efectivos en su filmografía. Bien podría hacer funcionar estos elementos, pero el guion no le ayuda. El ritmo de la trama es irregular. Aún con tantos agentes de desestabilización, tienen que invocar un accidente para crear un pico de suspenso en el desenlace. Está fatalmente desprovista de tensión. Quizás estos problemas se originen en el libro. Sin embargo, es más fatal la mirada masculina del director, purgando la perspectiva femenina que al menos le daba un toque distintivo al filme anterior. Tome nota de cómo, ahora, la desnudez de Anastasia es más reveladora en tiempo y extensión de piel. Christian se muestra proporcionalmente más arropado. La balanza se ha inclinado de regreso al status quo.

Mientras los villanos hacen lo suyo con poca convicción, Ana deja que Christian saque sus juguetes. En lugar de asumir que estamos ante dos adultos que actúan en consenso, la película marca con signos de admiración cada transgresión, por pequeña que sea. “50 Sombras…” es moralista y morbosa al mismo tiempo. Su retrato de la sexualidad es anticuado, coloreado con un machismo latente.

Hay dos destellos de ingenio, completamente prescindibles. Cuando Anastasia asciende en la escala laboral y conversa por primera vez con su propia asistente, el diálogo es una cita casi textual de un momento crucial en “Working Girl” (Mike Nichols, 1988), uno de los filmes más representativos de su madre, la actriz Melanie Griffith —y una película con un genuino discurso feminista—. Es lo más simpático que ocurre en dos horas de metraje. El casting de Kim Basinger es un guiño a “9 1/2 Weeks” (Adrian Lyne, 1986), fábula erótica de sumisión y empoderamiento. Esta pedestre película no llega ni a la sombra de esos dos viejos filmes.

La Prensa Domingo Juan Carlos Ampié archivo

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