Dentro de los muchos deportes que atraen tanta pasión, el boxeo es uno de los más económicamente activos. La victoria, el sabor de los cinturones, la alegría de vencer al contendiente y la euforia de su lucro no superan la misma adrenalina.
La vida, salud y muerte de un boxeador se ve empañada en las sombras de su condición en cada paso que da en las cuerdas. El súbito bailar entre golpes genera una inmersión sensorial que lo deja en un éxtasis donde no sabe otra cosa, más que seguir, no importando si va ganando o no. Esta pérdida del camino ha generado mucho debate entre médicos, psiquiatras y sociólogos acerca de lo oscuro de este deporte lejano de terminar.
No hay más desventaja que saber que se apoya cuando las cosas van bien. ¿Qué pasa cuando las cosas van mal? Seguimos ignorando la verdadera condición médica de nuestros atletas, peor aún, los enfrentamos a retos donde otros comen, viven, respiran y dedican plenamente a un deporte de alto rendimiento. Algo que es desconocido en los tristes y pobres anales de la cultura nicaragüense.
El boxeo cuenta con el gusto de muchos, es elogiado por otros, pero también es condenado. Las razones varían desde lo más trivial hasta lo mortal. Si no ganas no eres, si ganas eres. Bajo esa terrible visión debemos comprender que cualquier día ya no habrá más coloso. En la condición médica posible, nada deja peores secuelas que las generadas por el golpe directo del puño humano.
Las heridas, pérdida del conocimiento, concusiones, inestabilidad odontológica, lesiones neuronales irreversibles, transformaciones faciales son algunas de las muchas mencionables y poco lo que hemos aprendido a reparar o siquiera mejorar. Se anima al que con temple de acero ante las adversidades logra un mérito personal que la sociedad hace suyo, aun no perteneciéndole, pero ¿qué pasará cuando suene la última campanada? Cuando se dé el último round, cuando no sea más noticia ni gloria, cuando no encuentren más patrocinio y la factura de salud y vida se cobre irremediablemente.
El fin de un boxeador en países pobres no es alentador, en su retiro sufre tanto como la mujer promedio en su ancianidad entre achaques y recuerdos borrosos de una juventud que retorna entre realidad y déjà vu, como bien describió Émile Boirac.
Pronto para muchos esos telones de dorada ilusión caerán y la verdadera pelea comenzará. Donde no hay atención médica adecuada ni programas de protección o control de patologías deportivas que requieren intervención. ¿Cómo le pedimos al que nació comiendo arroz y frijoles la gloria de Hércules? Dolores, serán simplemente las expresiones de su día a día, donde muchos mueren hasta en el abandono no importando las glorias pasajeras obtenidas o las medallas colectadas.
El boxeo en su esencia ha sido descrito de muchas maneras, pero parece a la realidad del boxeador nica, que Loïc Wacquant lo expresa de la mejor manera cuando dice: El gimnasio de box emerge como un islote de orden y virtud que sirve como refugio a las duras condiciones sociales de existencia.
El autor es Ph.L. en Medicina Ocupacional y Ambiental
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