Al analizar las perspectivas económicas globales es importante partir de las perspectivas del desequilibrio externo de los EE.UU., cuya gravitación en la economía global sobre-determina los desequilibrios de esta.
El desequilibrio externo de los EE. UU. (el exceso de sus importaciones sobre sus exportaciones, o su déficit en cuenta corriente) encuentra su raíz fundamental en el déficit de ahorro interno de ese país, o lo que es lo mismo, en el exceso de su gasto interno en relación a su ingreso.
En términos de flujos físicos, este desequilibrio se cubre necesariamente con un excedente en las exportaciones netas del resto del mundo, en buena parte desde China. Y en términos financieros, con un flujo de capitales desde los países con excedentes de exportación que financia el exceso de gasto interno norteamericano.
Por supuesto, ninguna medida arancelaria (como los aranceles propuestos por el señor Trump contra China) hará mucho por reducir este desequilibrio externo, si no se reduce el déficit de ahorro interno de los EE. UU., es decir, el exceso de gasto interno.
Ahora bien, todos los análisis serios de las propuestas fiscales del señor Trump indican que las mismas se traducirían en una fuerte ampliación del déficit y la deuda pública de los EE. UU. Esto es, en una mayor ampliación del déficit de ahorro norteamericano. Esto se traduciría, por necesidad, en una ampliación equivalente del desequilibrio externo de ese país, que deberá ser cubierto con una expansión, también equivalente, de las exportaciones y el superávit en cuenta corriente de China y del resto del mundo.
Si los EE. UU. establecen aranceles sobre las importaciones de China lo suficientemente elevados como para reducir el excedente de importaciones provenientes de ese país, en compensación se ampliaría el déficit con terceros países, de manera que el desequilibrio externo norteamericano de cualquier manera se ampliaría.
En este caso, el principal resultado del alza de los aranceles sería un incremento en los precios y costos internos, debido al aumento en los precios de los bienes de consumo y de los insumos importados.
También es previsible que el alza en las tasas de interés y el ingreso de capitales refuercen aún más la tendencia a la sobrevaloración del dólar, lo cual contrarrestaría en buena medida el efecto de cualquier alza arancelaria sobre las importaciones, pero empeoraría la competitividad de las exportaciones norteamericanas, manufactureras y de servicios.
A su vez, es de esperar que el incremento de las tasas de los bonos del tesoro, y el riesgo de nuevos aumentos de las tasas y del gasto federal, pongan en cuestión la sostenibilidad de la deuda publica norteamericana, y conlleven a una fuerte presión sobre programas fundamentales como la Seguridad Social y Medicaid.
China podría responder a las medidas proteccionistas de los EE. UU. con medidas punitivas, por ejemplo, contra General Motors, que vende en China más vehículos que en los EE. UU., o Apple, la compañía más valiosa del mundo, que vende más iPhones en China que en los EE. UU. y Europa, o Boeing, el mayor exportador norteamericano, que concentra un porcentaje notable de sus ventas en China.
China también podría suspender su política actual, la cual procura sostener el valor del renminbi, y que ha producido una pérdida de reservas a un ritmo insostenible, y permitir una mayor devaluación de su moneda, lo cual daría lugar a una fuerte inestabilidad global.
Más grave aún, una guerra comercial entre las dos economías más grandes del mundo, y entre los más grandes exportadores e importadores mundiales, tendría un efecto muy grave de disrupción sobre el comercio internacional —el cual ya se encuentra en una fase de estancamiento—, disrupción cuyas consecuencias son imprevisibles.
(*)Economista
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