Tiempo de vacaciones: fiestas, conciertos, restaurantes, gimnasios, playa. Celebraciones de fin de año. Fiestas de sonidos agradables. Y también de “silencios”. Pero si a estas canciones de paz, alegría, luz, esperanza, les subimos el volumen de manera exagerada, y les agregamos pólvora y comercio irrespetuoso, con altavoces por doquier, no todos vamos a disfrutar; inclusive los que se diviertan, pueden sufrir consecuencias en su salud.
¿Y cómo sería una fiesta en silencio? Me preguntaron una vez. No sería fiesta. ¿Y cómo sería sin ruido? Sería una celebración sonora y agradable. Se podrían escuchar las voces y las melodías que cada quien desee y no las que otros impongan.
Similar pregunta me hicieron otra vez: no me imagino una ciudad en silencio, ¿cómo sería? No habría vida. No sería ciudad. El silencio absoluto no existe, entre más nos callemos, más sonidos podremos escuchar, incluyendo la voz de la conciencia. También, algunos dicen, no me molesta el ruido. O, me gusta el ruido de la lluvia. Todo ruido es sonido, pero no todo sonido es ruido. Si alguien dice: no me molesta el ruido, significa que ese sonido no es ruido para esa persona; pues, por definición, ruido es un sonido no deseado, molesto, nocivo. (Aclarando que, “físicamente, no existe ninguna distinción entre sonido y ruido”).
También depende de la actividad y de las condiciones en que nos encontremos, lo que para unos es ruido, para otros puede no serlo. O lo que ahora nos agrada, puede molestarnos después. Por eso se definen niveles límites para diferentes ambientes, por ejemplo: 30 decibeles en dormitorios, 35 en el interior de viviendas, 55 a un metro de la fachada, de día. Por la noche, 45; según la Organización Mundial de la Salud (OMS), que lo retoma nuestro Código Penal, pero no los funcionarios.
Los conciertos, cerca de tarimas, pueden llegar a 110 decibeles, igual los sistemas de ruido en las ferias y la música de gimnasios y ciertos comercios. Las explosiones de pólvora o armas pueden producir sonidos de 120 a 160. En todos estos casos se afecta el oído.
Y no es solo que se te va romper el tímpano, como decimos. Una vez escuché a un otorrino explicar cómo el ruido puede afectar cada parte de la estructura del oído (tímpano, cadena de huesecillos, cóclea, células ciliadas, nervio auditivo) y sus efectos en la audición; incluso, hasta llegar la discapacidad auditiva. Por supuesto, es el profesional indicado para profundizar en esto. Y recordemos que no solo los ruidos muy altos afectan, también otros de menor intensidad, pero constantes. Y que, además de la audición, afecta la salud en general y el disfrute de nuestros derechos.
Para comprobar el nivel de presión sonora, podemos utilizar inteligentemente los teléfonos: instalar un sonómetro y ver cuántos decibeles marca. Y con la facilidad con que muchos manejan las nuevas tecnologías, hasta pueden ayudar al control del ruido, propio y ajeno; y mejorar la salud ambiental. O saber cuántos decibeles les llegan por los audífonos.
Entonces, para disfrutar los sonidos agradables, hay que evitar los ruidos. Si son muy fuertes y por varias horas y días, como el de la pólvora, alejarse, ya que con la distancia disminuye el nivel de presión sonora. Y quienes la manipulan, deberían usar protectores auditivos.
Y no solo protegernos nosotros, sino controlar nuestro ruido, para disfrutar sin lastimar a otros, sin molestar a nadie, y permitir que los vecinos disfruten su propia música, no la nuestra. Y que los clientes vivan sus días de compras sin ruidos que los aturdan.
La autora es comunicadora y abogada.