J.M. Keynes estableció que debía diferenciarse el riesgo de la incertidumbre. Mientras en el caso del riesgo la ocurrencia de un evento responde a una distribución de probabilidades conocida, la incertidumbre no está sujeta a ninguna distribución de probabilidades. Sencillamente, no se sabe a qué atenerse o qué esperar.
Lo que sí sabemos es que el peor escenario para la inversión privada, en todos los casos, es uno en que prevalece una elevada incertidumbre.
Para nuestro país, el año 2017 es, hasta ahora, el más incierto en mucho tiempo. La economía y el comercio mundial se han estado desacelerando y demasiados eventos globales están alimentando la ya elevada incertidumbre. Esta vez, la incertidumbre se ha apoderado y parece emanar de los polos más desarrollados del sistema, y ello no puede más que provocar una preocupación más que justificada en los países más pequeños, de economía abierta y vulnerable.
Los eventos que se están produciendo han puesto en cuestión, por primera vez en mucho tiempo, la legitimidad de las propias instituciones políticas, las instituciones y normas que han regulado hasta ahora la economía y los principios que pretenden regular las relaciones internacionales, así como de las élites que han predominado en la determinación del rumbo de los países desarrollados, y del mundo como un todo.
Para la economía nicaragüense, los factores de incertidumbre son numerosos. Por una parte, la cooperación petrolera, que según estimaciones llegó a explicar hasta un 40 por ciento de la tasa de crecimiento económico observada, se ha reducido en más de 60 por ciento, lo mismo que las exportaciones a ese país, y ahora, a diferencia de lo ocurrido entre 2007-2015, se tiene que pagar en divisas líquidas la mitad de la factura petrolera, así como el servicio de la deuda incurrida con ese país, lo cual ha contribuido a que se produjeran casi 11 meses consecutivos de caída en las reservas internacionales.
Por otra parte, se ha perdido el impulso que provenía del boom de las commodities, y el país acumula ya 22 meses de caída en las exportaciones.
El boom de la construcción privada también parece haber llegado a su fin, después que al I Semestre de 2016 la misma mostraba una caída del 11 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior, y debe recordarse que el componente de construcción es el componente de la inversión privada que realmente influye en la actividad económica interna.
No está claro en qué medida la reducción en las entradas de “otro capital no determinado” está asociada al fin del boom de la construcción privada.
La denominada “Nica Act” ha introducido otro elemento de elevada incertidumbre. Dicha legislación afectaría las principales fuentes de financiamiento del Programa de Inversión Pública, y más grave aún, representaría un signo de que las relaciones con los EE. UU. se han deteriorado de manera muy severa.
No está claro si la “Nica Act” entrará en las prioridades del sistema político norteamericano, o quizá precisamente por la propia insignificancia de nuestro país pueda lograrse un acuerdo relativamente rápido para su aprobación por el Senado.
Finalmente, las políticas migratorias de la nueva administración norteamericana, que se supone que serán mucho más duras y agresivas que las prevalecientes hasta ahora, en términos de frenar el flujo de nuevos migrantes y de deportación de los migrantes que ya habían ingresado, agregan otra fuente de elevada incertidumbre, dado el peso que han llegado a adquirir las remesas en nuestra economía.
Finalmente, aunque las políticas proteccionistas que ha prometido implementar el señor Trump afecten predominantemente a México y a China, habría importantes repercusiones directas e indirectas sobre nuestra economía, y en el caso de China, sobre el comercio y la economía globales.
Si a ello se agregan los resultados imprevisibles de las tensiones geopolíticas preexistentes, tenemos razones para creer que 2017 puede ser catalogado como el año de la gran incertidumbre.
(*) Economista
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