Tras los cambios políticos ocurridos en Nicaragua en 1990, Egda Vélez Lacayo regresó al país. Su futuro no era muy claro, la función diplomática que ejercía en Brasil había concluido y en lo personal el divorcio era inminente. Convertirse en empresaria no era una de sus opciones, pero la necesidad de brindar a su “hijo handicap” la vida de rey que deseaba para él, la llevó por este camino.
“La idea no era convertirme en empresaria, sino resolver un problema económico de vida… tenía seis niños, cuatro míos y dos que con mucho cariño incorporé a mi vida cuando murió su mamá, eran los hijos de un matrimonio anterior de mi primer esposo con Nora Astorga… entonces decidí poner un negocio, decidí poner un restaurante”, recuerda Egda, quien a pesar de ser psicóloga, nunca ejerció pues prefirió entrar a la vida política.
Vélez imaginó que sería dueña de un restaurante de lujo en el que se serviría comida gourmet, pero las circunstancias la empujaron hacia la comida casera. En junio el buffet casero Paladar cumplió 25 años de fundado y la semana pasada la Cámara de Comercio y Servicios de Nicaragua (CCSN) le entregó a ella el galardón de Empresaria del Año 2016.
¿Por qué una comidería en lugar de ejercer su profesión de psicóloga?
Siempre pensé que tenía que hacer lo que yo sabía. Vengo de una familia típicamente nicaragüense, numerosa, con un montón de hijos y en mi casa se cocinaba mucho, además era una familia totalmente abierta, muy nicaragüense, donde cada quien llevaba tres, cuatro, cinco y hasta seis amigos, entonces los peroles eran enormes, era una cocina de peroles mi casa, típicamente nicaragüense de antes, cómo me encantaría que siguiéramos siendo. Entonces cuando nace mi idea de tener un negocio pensé en la comida, pero pensé en un restaurante elegante porque venía de la vida diplomática y pienso en algo gourmet, inclusive pensé que podía llamarse El Gourmet. Pero cuando voy a recorrer la ciudad y veo los restaurantes finos de la Managua de esa época, estaban vacíos, entonces dije no, esto no es lo que ando buscando y como ya tenía mis cocinas listas porque las había traído de Brasil, entonces me fui a las comiderías, fui a una por la Salvadorita y a otra por la cooperativa de taxis por el antiguo cine Cabrera, me senté a comer y fui tres días seguidos y luego decidí que eso quería hacer. Mi mamá por supuesto se asustó cuando le dije que pondría una comidería porque era un concepto que realmente no era muy usado. Pero le dije a mi mamá: “Voy a poner un negocio de comida casera y usted me tiene que ayudar porque es mi gran maestra”, y así comenzamos. El 10 de junio de 1991 abrimos el Paladar y aunque nace por una necesidad económica al final también trata de rescatar la tradición de la comida casera.
¿Cómo fue la transición de diplomática a empresaria?
No fue fácil, abrí el negocio en mi casa en Colonial Los Robles, en donde está todavía, esa era mi casita donde vivía con mis hijos y la verdad es que compartía la casa con el negocio. No contraté a nadie para abrir el negocio, solo éramos los dos empleados que teníamos en la casa, mi mamá y yo, pero realmente toda la familia ayudaba. Ahora somos cuarenta empleados en total.
Al principio solo llegaba la gente que me quería, eran unas treinta o cuarenta personas cada día. Pero como al mes de haber abierto el negocio, un amigo que se llama Tingo Cuadra, sobrino de Pablo Antonio Cuadra, me hizo una entrevista que se publicó en LA PRENSA y a raíz de esa publicación la clientela se multiplicó. Al día siguiente llegaron 120 personas a comer, la fila daba vuelta en la esquina donde ahora está el registro central del Consejo Supremo Electoral, tuvimos que salir en carrera a buscar sillas y mesas, el vecindario me prestó sillas y mesas y gracias a Dios no hubo miedo al volumen, mi mamá cocinó en carrera y atendimos a todos. Y 12 años después tuvimos que irnos a vivir a otra parte porque el negocio abarcó toda la casa.
¿Cuánto ha crecido el negocio?
El crecimiento ha sido impresionante, hemos llegado a vender en promedio 300 comidas por día, prácticamente hemos crecido el 300 por ciento, ya no se podía llegar a comer al local de Los Robles, a pesar que pusimos dos cajeras, pero no tenemos capacidad para atender a 300 personas en el mismo momento, la capacidad es para 220, porque la gente llega a almorzar entre 12:30 y 1:30, tienen una hora para comer. Entonces ampliamos el horario, estamos tratando de crecer de 11:30 a 2:00 pero entre 12:30 y 1:30 atendemos a unas 200 personas.
Además, para garantizar el crecimiento entramos al programa Empresas Familiares y aprendimos que el crecimiento está más vinculado con la nueva generación y esa nueva generación es la que abrió la sucursal en Carretera Norte. Mi hijo Javier Jenkins es el gerente general de la empresa y con apoyo del programa y el de sus hermanos y el mío como consejeros, se abre en agosto de 2015 la segunda etapa de la empresa con esa sucursal que marca la etapa de crecimiento.
¿Cuál ha sido el principal reto que ha tenido que superar?
He tenido muchas dificultades administrativas, contables y financieras, porque eso no es mi fuerte. La realidad es que soy una gran productora de alimentos, en algunas épocas llegamos a preparar hasta seis mil platos al día, pero mi parte débil es la contable, administrativa y financiera, hasta ahora que hicimos Empresas Familiares hace cuatro años es que eso se comenzó a fortalecer, hasta entonces fue que realmente el Paladar comenzó a funcionar como una empresa. Aprendí que tenemos que delegar y entender que los empresarios no somos completos, tenemos fortalezas, me considero estratega, visualizo. Pero también tenemos debilidades, por eso nunca pensé que podría ser empresaria porque la relación obrero-patronal, por venir de la revolución, para mí era complicada porque tenés que poner reglas y disciplina, y cuando estás en un relativo desorden administrativo es más difícil. Pero entra mi hijo Javier al negocio hace cuatro años y él que es un profesional graduado de Ingeniería Civil con una maestría en Administración de Empresas y que como todos los jóvenes tiene una nueva manera de ver las cosas, entonces comienza a poner el orden administrativo que hacía falta.
¿Existe una receta para mantener cautiva a una clientela durante 25 años?
Hemos sido muy celosos en la calidad y en conservar las recetas con sazón nicaragüense. O sea, la misión es verdaderamente conservar la sazón nicaragüense y nos sentimos orgullosos de decir que el 60 por ciento todavía son las recetas de mi mamá, de las comidas que se hacían en mi casa. También considero que la fidelidad al cliente a través de la calidad de los alimentos, la calidad de los productos que usamos y la disciplina, por ejemplo, hacemos frijolitos verdes todos los días desde hace 25 años y aunque el frijolito verde es difícil de encontrar nos vamos al mercado para garantizar que nunca falte ese plato. Algo similar pasa con los pescozones, aunque el pipián sea de época, diario se ofrece pescozones y así con muchos otros platos.
También se logra con el personal. Delegar en una persona para que repita tus recetas ha sido un proceso bien complejo porque en un país como el nuestro en el que la base de preparación de la mano de obra es bien baja y también la actitud de trabajo disciplinado. Eso ha sido bien complejo porque uno entrena a las personas y se van y tienen todo el derecho a irse, entonces viene otro y hay que volver a entrenar. Entonces el empresario nicaragüense tiene que entender que para poder tener un negocio con calidad su misión tiene que ser vivir entrenando al personal y hacerlo con amor. Porque es impresionante que hay personal que no sabe hacer cosas tan básicas como las tajadas o el arroz, entonces para mantener el nivel de calidad hay que estar en constante entrenamiento.
¿Tras 25 años de éxito empresarial cuáles son sus metas?
Tengo varios planes, era muy donadora, pero decidí que no puedo seguir donando para afuera si tengo a mi alrededor personas que tienen necesidades. Estamos comenzando un programa de mejoramiento de vivienda para los empleados y lo vamos a fortalecer a partir del 2017. También, antes de entregar el negocio quiero crear un fondo para que los trabajadores puedan tener acceso a créditos, ya que es una barbaridad como los prestamistas los explotan. No vamos a solucionar los problemas del país, pero al menos ayudarle a la gente que nos apoya.
Y con el negocio esperamos en los próximos cuatro años estar con unas tres sucursales más y seguir con la organización de eventos. Y en lo personal espero concluir en mayo del próximo año con mi faceta de planeadora de bodas, en la que por 14 años traté de hacer realidad los sueños de los novios y sus familias.
Desgraciadamente los empresarios tenemos la tendencia de que el primer sacrificio que hacemos es con el salario de los trabajadores, pero eso no debe ser así. El primer sacrificado debe ser el dueño de la empresa”.
Egda Vélez Lacayo,
Propietaria de buffet casero Paladar


