¿Es injerencista la iniciativa de ley (Nica Act), aprobada unánimemente por el Congreso norteamericano para obligar a Ortega a restituir al pueblo de Nicaragua un proceso electoral libre y transparente?
El objetivo aparente de Nica Act, o sea, la restitución de elecciones libres y transparentes, está inscrita tácticamente en las banderas de lucha de nuestra nación en contra del orteguismo, pero dentro de un proceso estratégico más trascendente, de abolición completa de la dictadura actual. De manera que no se debe permitir que esa iniciativa extranjera —de cuyas intenciones conviene desconfiar— supere nuestros propios esfuerzos por recuperar plenamente los derechos políticos, con un contenido democrático más integral y decisivo, tanto para destrabar a su vez el desarrollo de las fuerzas productivas, como para disminuir efectivamente las diferencias sociales.
El nacionalismo perverso ha servido para que los pueblos luchen contra los enemigos de sus enemigos, antes que contra sus propios enemigos. Los demagogos, en el colmo del cinismo, usan el patriotismo para defender regímenes tiránicos, como si fuese una defensa de la soberanía nacional. El nacionalismo bien entendido, el nacionalismo progresivo, requiere una lucha coherente por la libertad, en la cual, la soberanía se nutra de conquistas sociales. Por ello, los trabajadores deben proceder con independencia política, al frente de la nación, en el proceso patriótico primordial de acabar con la dictadura.
Nica Act, como procede de una potencia extranjera, y obedece a una perspectiva intervencionista, aunque tome de mira al dictador, no resulta una iniciativa coherentemente progresiva. De manera, que afecta más directamente a nuestra población, sin que tal afectación sea parte de las preocupaciones esenciales de Norteamérica. Constituye, por tanto, una iniciativa contradictoria, con aspectos positivos y negativos entremezclados, lo que descalifica al Congreso norteamericano, de hecho, como promotor político de la democracia efectiva en nuestro país.
No se trata, en su caso, de una solidaridad internacional, sino, de una estrategia geopolítica propia. En tal sentido, quienes han viajado a Washington vinculando su actividad política opositora a una iniciativa semejante, se han convertido en tontos útiles de una estrategia extranjera.
Cuando un régimen político ha construido un modelo político absolutista, anacrónico, ocurre entonces que cualquier cosa que le afecte tiene rasgos progresivos, aunque no baste, ciertamente, para suplir la necesidad de una lucha consecuente por la recuperación total de los derechos conculcados a la población.
Sin embargo, no se trata de que nos dejen a los nicaragüenses resolver nuestros problemas, con lo cual, los orteguistas solapados pretenden defender —en primer lugar— a la tiranía en el poder, que perturba torpemente intereses de todo tipo, por lo que es legítimo que le aíslen internacionalmente.
En una economía mundial globalizada, que utiliza los recursos productivos, tanto materiales como humanos, más allá del ámbito de las fronteras nacionales, en una integración industrial múltiple de mínimo costo, ocurre inevitablemente un proceso tecnológico, comercial y financiero, ciertamente “injerencista”. En el cual, concretamente, debe abrirse camino contradictoriamente nuestra economía, pero, desde una visión estratégica propia.
Asimismo, en el conflicto fundamental entre la nación y el orteguismo, a los trabajadores nicaragüenses corresponde la dirección estratégica independiente de la lucha antidictatorial, para aprovechar inteligentemente todas las contradicciones e iniciativas (aun las espurias y amenazantes) que aíslen y debiliten al enemigo fundamental de la nación. Sin olvidar que, aunque la iniciativa de Nica Act está dirigida políticamente contra Ortega, debemos neutralizar la pretensión extranjera de determinar nuestro futuro desde sus propios intereses.
Dado que el orteguismo no desaparece mediante un diálogo con Ortega (en el cual, más bien, los arribistas de siempre intentarían obtener prebendas a cambio de legitimar y de maquillar al régimen, para darle al pueblo gato por liebre), se debe profundizar con urgencia un movimiento nacional en contra del modelo orteguista.
A consecuencia de la torpe lógica absolutista, asistimos al inicio del desconocimiento internacional del gobierno orteguista. Ante ello, para reducir los efectos adversos para la población del aislamiento comercial, se debe ahondar el desconocimiento nacional, conformando un polo alternativo de poder provisional, que convoque a una Asamblea Constituyente, integrada por delegados de los sectores sociales enfrentados al orteguismo (excluyendo a los zancudos y a las fuerzas —aparentemente opositoras— que promueven la intervención de Washington).
El autor es ingeniero eléctrico.