El día de las elecciones, junto con millares de nicaragüenses más, no saldré a votar como expresión de repudio ciudadano a la farsa. Pero tampoco me quedaré sentado. Afuera hay mucho que hacer. Una tarea importante será monitorear la magnitud del ausentismo.
Para hacerlo habrá que tomar nota de los votantes inscritos en cada junta receptora de votos—lo cual es público y visible en cada recinto—y luego contar el número de votantes que entren en ella. Esto puede hacerse tomando turnos con nuestros amigos.
Luego habría que sumar estos cómputos, con los de otras juntas, para obtener el número total de votantes que acudieron al correspondiente distrito electoral. El paso final será comparar nuestros resultados con los que anuncie el Consejo Supremo Electoral (CSE). Dado que es difícil cubrir todo el universo de juntas, podrán hacerse muestras aleatorias por departamentos, o ciudades. Ojalá se animen a realizar algo así los partidos proscritos y organizaciones independientes de la sociedad civil.
Evidentemente, este esfuerzo no permitirá estimar otro dato de gran importancia: la multitud de ciudadanos que irán a las urnas, pero que invalidarán sus votos —manchando sus boletas o marcando varias equis— porque temen que los comisarios de Ortega descubran que no hicieron fila el día de los comicios: los millares de empleados públicos y habitantes de barrios y comarcas, cuyos empleos o beneficios dependen del visto bueno del gobierno; los mismos que hacen que encuestas, como las de M y R, abulten el número de ciudadanos que dicen estar dispuestos a votar. El CSE, con su magia negra, convertirá muchos de estos votos nulos en válidos. Por eso se ha prohibido la observación electoral; para falsear los datos a su antojo —quien juega limpio no teme que lo observen-.
Con todo, es posible hacer algunos estimados preliminares del porcentaje de votantes reales y su probable distribución. De acuerdo a Borge y Asociados —la firma encuestadora más independiente y la única que acertó en las elecciones de 1990— el 44 por ciento de los inscritos votaría por Ortega. ¿Cuántos votarían por los zancudos? El Banpro acaba de negar un préstamo al PLI de Reyes, pues teme que no llegará al 4 por ciento requerido para recibir su cuota de financiamiento estatal (su respaldo actual es del 2.2). El PLC logró en 2011, con Alemán de candidato, el 5.9 de los votos. Pero ahora, con una mayor apatía y un Maximino con una menor base partidaria, difícilmente pasará del 4. El Partido Conservador, sin candidatos conocidos, tendrá suerte si pasa de 3. Cerrato quizás pase del 2 y el APRE, de Canales, no llegará al uno.
Lo anterior significa que todo el voto zancudo difícilmente pasará del 10 por ciento de la población total inscrita y del 15 de los votantes. Si al primer porcentaje sumamos los 44 de Ortega, el número de votantes difícilmente superará el 60 por ciento de la población en edad de votar. Dentro de este 60 posiblemente Ortega se lleve el 75 o más por ciento, siendo probable que tenga que regalar algunos votos a los zancudos por razones de pudor político.
Es innegable que estimados como estos llevan cierta dosis de especulación. Pero, ¿cómo evitarlo, si se veda el acceso a los injustamente llamados “observadores sinvergüenzas”, y se deja el conteo de los votos a los sinvergüenzas de verdad?
La sociedad civil, sin embargo, tiene al menos la capacidad de evaluar o medir lo único que no podrían ocultar bien: la abstención que tanto temen. Pero esto va a requerir que el día de las elecciones nos movilicemos para observar lo único observable.
El autor fue ministro de Educación en el gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro.
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