En términos económicos, la diferencia fundamental entre los países en desarrollo y los países desarrollados es el bajísimo nivel de la productividad media del trabajo que caracteriza a los primeros. Esto, a su vez, da lugar un nivel muy bajo de ingreso per cápita en los primeros, que es la característica más aparente del denominado subdesarrollo.
El hecho de que los países desarrollados exhiban un nivel de ingreso per cápita decenas de veces superior al de los países en desarrollo, obedece, a fin de cuentas, a que el nivel promedio de productividad del trabajo en el primer grupo de países es también decenas de veces superior a la productividad media del trabajo que exhiben los segundos.
Por su parte, la baja productividad promedio en los países en desarrollo, como el nuestro, obedece al elevado peso que tienen, en la generación del empleo, los sectores y actividades de muy baja productividad, como la agricultura tradicional, y el comercio y los servicios informales.
Dado que la productividad media o agregada de la economía es un promedio ponderado de las deferentes productividades sectoriales, siendo el factor de ponderación la participación de cada sector o actividad económica en la generación de empleo, el peso tan alto de las actividades de baja productividad en el empleo tiene el efecto de “empujar” drásticamente hacia abajo la productividad media.
Esto significa que la productividad media depende, en lo fundamental, de la productividad de los sectores y actividades que generan la mayor parte del empleo, que en nuestro caso son los de menor productividad de la economía; el sector agropecuario, el comercio y los servicios informales, que en conjunto generan alrededor del 76 por ciento del empleo total que se crea en Nicaragua.
El incremento sistemático de la productividad media del trabajo, a lo largo de varias décadas consecutivas, proceso que se encuentra en el núcleo mismo del proceso de desarrollo, está asociado a un cambio profundo y sistemático en la estructura de la producción y el empleo de la economía —y en la estructura social del país—. Este proceso de cambio estructural se caracteriza por la creciente pérdida de peso de la agricultura tradicional, del comercio y los servicios informales, donde al inicio se concentra la mayor parte de la fuerza de trabajo, y el incremento sostenido del peso de los sectores y actividades de mayor productividad.
Es importante enfatizar que ningún país ha salido de la trampa del subdesarrollo sin resolver sobre la marcha el problema de la productividad de la agricultura.
El proceso de transformación estructural ha involucrado el tránsito de una situación en que la productividad agrícola es muy inferior a la media, y la participación de la agricultura en el empleo es sumamente elevada, a una en que la productividad agrícola converge rápidamente hacia la media y la participación de la agricultura en el empleo se reduce de una manera bastante acelerada.
En este proceso de transformación, a medida que aumenta la productividad de la agricultura se reduce con cierta rapidez su participación en el empleo total —porque una fuerza de trabajo cada vez más reducida en capaz de producir un quantum de producto agropecuario cada vez mayor—, mientras que, en contrapartida, porcentajes crecientes del empleo son absorbidos por actividades de mayor productividad.
Este proceso, mediante el cual una gran parte de la fuerza de trabajo anteriormente ocupada en actividades de muy baja productividad es absorbida por actividades de mayor valor agregado por trabajador, se produce en la medida en que la economía logra diversificarse hacia nuevas actividades dinámicas.
Sin embargo, este proceso de cambio estructural no puede siquiera iniciar mientras, como ocurre en Nicaragua, la mayor parte del empleo continúe siendo generado por las actividades de menor productividad de nuestra economía, la agricultura tradicional, el comercio y los servicios informales, principalmente bajo la forma de trabajadores por cuenta propia y trabajadores familiares sin pago.
(*) Economista
[email protected]