La casi total ausencia de “aires electorales”, ya no digamos de propuestas electorales serias y debates, es la reafirmación incontrovertible de que estamos a las puertas de una farsa electoral para lo cual los seis actores de reparto ni siquiera estaban preparados para guardar las apariencias y montar un show mediático.
En contraste, un día como hoy (en que escribo esta columna) hace cinco años durante la campaña electoral del 2011, exactamente un 5 de septiembre, el diputado Alberto Lacayo y yo recorríamos las calles de la Colonia Centroamérica en busca del voto, tal como lo hicimos religiosamente en todos los barrios de Managua durante las tardes de aquellos álgidos días de la campaña de la Alianza PLI.
El detalle anterior no lo recordé porque lo tuviera registrado en alguna vieja agenda, sino porque uno de esos ciudadanos que visitamos entonces en la Colonia Centroamérica se lo recordó a Alberto durante una reciente visita a su concurrida Farmacia Managua.
Con cierta nostalgia, el ciudadano contrastó aquel momento, con el momento actual. Toda aquella alegre algarabía que los candidatos a diputados por Managua del PLI montaron frente a su casa cuando transcurría alegremente la caminata, animada por música electoral y banderas.
Soplaban entonces aires electorales que hoy brillan por su ausencia. Aires electorales, que a pesar de la amenaza latente de fraude, se manifestaban con fuerza en cada población que era visitada por don Fabio Gadea Mantilla, el candidato que cariñosamente la gente llamaba “Pancho Madrigal”.
Uno de los “candidatos presidenciales” de la comparsa ha dedicado más tiempo a remodelar la casa de campaña, comprar vehículos de campaña, chantajear a los concejales y alcaldes electos en el 2011 los ha amenazado que si no se le cuadran y le rinden pleitesía les puede pasar lo mismo que a los diputados, que a visitar los barrios y lugares del país en busca del voto.
Y sí ha puesto en la TV algún anuncio ridículo que simplemente hace ondear la bandera del PLI con el himno del partido de fondo y el locutor hace la siguiente afirmación: “Sí hay por quién votar en Nicaragua” y acto seguido se traza una cruz en la casilla de la foto de un candidato desconocido, Pedro Eulogio Reyes.
El mismo candidato inaugura con bombos y platillos su “casa de campaña” en Ciudad Jardín, en la cual afirma haber invertido $68,000, e invita al acto “refuerzos” que corren en otra casilla, tal es el caso del candidato del FSLN, José Antonio Alvarado, quien aparece en una foto muy aplicado y atento en primera fila y que va corriendo en la cuarta posición de diputado al Parlacen en la casilla 2.
No existe mensaje, no existe debate, no existe esfuerzo, no existe entusiasmo y mucho menos mística en esta campaña.
Hay candidatos que ni siquiera han tenido la suerte de darse a conocer en una entrevista por televisión, cosa que le ha sobrado al señor Reyes, como es el caso del candidato Erick Cabezas, del Partido Conservador; en menor grado de Carlos Canales, del Apre, y Saturnino Serrato, del ALN.
Hay uno que dice que va a cambiar las cosas, pero no dice qué es lo que va a cambiar y cómo lo va a lograr. Otro dice únicamente que voten por él, pero no explica cuáles son los méritos que tiene para que el pueblo le escuche y le crea, sobre todo a raíz de su salto a vida pública mediante una resolución del CSJ y la destitución de los diputados del PLI opositor que no le reconocieron su autoridad.
Mientras el Frente sí logra hacer llegar su mensaje, en bien estructurados y largos spots televisivos dirigidos a la juventud a través de sus medios de comunicación.
En el 2011 temíamos que hubiera fraude, por ello el voto se manifestó masivamente, hubo mística, hubo entusiasmo que compensaron una campaña de escasos recursos. Hoy no existe el temor del fraude porque existe la certeza de la farsa.
Es una farsa en actos cómicos, como serán sin duda las “concentraciones” y caminatas “casa a casa” que harán algunos candidatos, que solo tendrán la oportunidad de ser reconocidos cuando visiten sus propias casas.
El autor es periodista y exdiputado PLI arbitrariamente destituido