Evoco aquella mañana en que nos llevaron a todo el personal a escuchar a Pierre, el CEO de una hasta entonces poco conocida empresa europea. Se abrió la puerta y entró un grupo de ejecutivos, y en el medio iba Pierre, un joven de tez clara, relativamente bajo, frisando 35 años; decían que era un prodigio, la fórmula mágica que resulta de juntar la capacidad y el talento a las oportunidades en la vieja y rica Europa; dirigiendo un conglomerado que acababa de adquirir a precio de remate a la venerable y conservadora compañía —incluyendo como ipegüe la fuerte cultura y sólidas competencias técnicas de su personal— de la cual me estaba despidiendo para encontrarme a mí mismo.El ambiente era pesado por los naturales rumores que la calculada falta de comunicaciones oficiales provocaba en el desmoralizado imaginario del personal.
Cuando se le preguntó al joven portento sobre el futuro de quienes trabajaban como gerentes y supervisores regionales en Seguridad Operacional, se quedó pensativo, como pretendiendo hilvanar una respuesta histórica —algo digno de una mente tan sagaz como lo reputaban— contestación que reconozco me quedó grabada antes que vanamente la hube anotado: “Queremos ser francos” —expresó en inglés con copioso acento galo— “no vamos a ser exagerados ni redundantes ni obsesivos con el tema de Seguridad Operacional. Es un hecho que esas posiciones desaparecerán, puesto que no tienen sentido en una estructura de una compañía tan dinámica y versátil como la nuestra. Tenemos culturas muy diferentes”, acotó. “Pero no se preocupen, todos esos que tenían un cargo en esa área, ya tendrán algo que hacer en otra cosa”, finalizó con un asomo de fina misericordia para con quienes ya se figuraban vendiendo agua en los semáforos.
Y Pierre cumplió. A los que se quedaron les dieron algo que hacer, aunque sea el temporal ridículo, como a mi persona, a quien intitularon con el pomposo nombre de gerente de crédito, el cual era una dirección tan ficticia que hasta mi único subordinado era un legítimo eventual, sin horario ni disciplina: el gato mascota que a veces aparecía por las oficinas.
No sé porqué estos calurosos días me dieron por recordar a Pierre, y precisamente sus categóricas respuestas me hicieron reflexionar que, efectivamente, si uno le pregunta a cualquier transeúnte acerca de los pensamientos asociados con la exageración, la redundancia y la obsesión, ciertamente que enumeraría conceptos muy deteriorados para quien asuma esas conductas, y sería correcto, pero —únicamente— en el inofensivo contexto coloquial.
No obstante, en Seguridad Operacional no tenga la menor duda que esas tres palabras son precisamente la clave de los resultados exitosos y sostenibles, debiendo aspirarse a vivir cada una de ellas como lo que son: imperativos de negocios. Sea siempre exagerado: busque completar todos los procedimientos con una desmesurada e inaudita escrupulosidad. No se canse de supervisar milimétricamente hasta el más mínimo detalle de la operación. En seguridad, por más que lo intente, nunca podrá pecar por ser exagerado.
Alabe la redundancia: especialmente en los dispositivos críticos, ya que son bendiciones de ingeniería. El principio fundamental de prevención son las barreras concéntricas, los mecanismos que funcionan en relevo y secuencia por si fallan los controles primarios. Recompense la obsesión: si usted no tiene un empeño compulsivo por su trabajo en Seguridad es que con certeza carece de vocación suficiente, porque este oficio le convierte en apóstol al saber que los mecanismos, la calidad del personal, el nivel de capacitación, el mantenimiento riguroso de los equipos, la inversión en tecnología, son evangelios que salvan vidas, protegen al medioambiente y mantienen la buena reputación.
(*) Consultor en Seguridad Industrial.