ACUSADOS
Una de las cosas que más me impresionó de la película Acusados, aquella donde Jodie Foster interpreta a una jovencita que es violada en masa en un bar, es que el muchacho que inicia la violación sobre la mesa de pinball bien hubiese podido tener una relación sexual consentida con ella, pero prefirió la violación, llevarla bailando hasta la mesa de pinball, acostarla a la fuerza, arrancarle la ropa violentamente, abusar e invitar a otros a que abusaran de la joven, mientras el resto de aberrados gritaban en coro: ¡Dale, dale, dale! Se tiene que estar enfermo para hacer por las malas lo que se puede obtener por las buenas. ¿O no?
VIOLACIÓN
Esa misma sensación de desasosiego me produce, sin embargo, cuando veo a Daniel Ortega llevando a Nicaragua a la mesa de pinball. Bien podría ganar estas elecciones por las buenas, si son ciertas las encuestas, con los votos contados correctamente, con observación internacional que certifique su triunfo y enfrentando a opositores de verdad y no a muñecos de zacate, pero prefiere la violación e invitar a una turba de zancudos a que participen en ella: ¡Dale, dale, dale!
VOTAR O NO VOTAR
Algunas personas, bienintencionadas creo yo, aunque saben que en la boleta electoral de noviembre aparecen solo zorros del mismo piñal, dicen que aun así hay que salir a votar, porque, alegan, la abstención solo favorecerá a Daniel Ortega. Y es cierto. Entre más ciudadanos que no votarían por Ortega dejen de ir a las urnas, mayor será el porcentaje de Ortega entre los votos válidos. Sin embargo, se les olvida a quienes alegan esto que sin observadores y sin fiscales creíbles no hay forma de saber quién votará por quién en esas votaciones y por lo tanto Ortega puede otorgarse el porcentaje de votos que le ronque. Y a estas alturas, para ser honesto, lo mismo me da que Ortega se recete el ciento por ciento de los votos a que lo haga con 70 y le deje el resto a sus compinches.
LA FOTO
Ver la foto de los nuevos diputados de Pedro Reyes da tristeza. Es la certificación de un crimen. Debería pasar a la historia de las fotos infames, como aquella del marine Pennington con la cabeza del campesino Silvino Herrera en la mano, durante la guerra de Sandino; o la foto de “los generales” Somoza García y Emiliano Chamorro, celebrando con champán el pacto; o la de Arnoldo Alemán y Daniel Ortega, con familia y compinches, celebrando el otro pacto. La foto de los diputados demuestra el robo de las diputaciones de quienes no están en la foto, y, peor aún, el despojo de la dignidad de quienes, con sonrisa fingida, aparecen en ella.
OPORTUNISMO
Y no vengan acá con discursos trillados de amor a la patria o que están dando la lucha desde adentro o que aparecen en la foto por sus electores y otras tantas tonterías con que ahora justifican lo que solo tiene un nombre: oportunismo. Y no tendría nada de malo si fuese el oportunismo del político aprovechando una crisis para recolocarse y avanzar en su estrategia. Pero no, este oportunismo es de los peores, es el de los zancudos, es el de aquellos que a la hora de un asalto a un pueblo, en vez de enfrentar el crimen o resistir con dignidad, se pasan al lado de los malhechores contra sus propios vecinos para ver qué agarran de lo despojado.
BOTÍN DE ASALTO
Pero también nosotros perdimos en esa foto. Perdimos porque no fue por esos diputados que votaron casi 800 mil ciudadanos, o al menos no era ese el orden de la lista, ni el proyecto con el cual simpatizaban cuando depositaron sus votos. Pero, sobre todo, perdimos el respeto que le teníamos a ciertas personas que un día vimos luchando por sus ideas y ahora las vemos arrastrarse vergonzosamente para mantener o ganarse la curul en la repartidera que hizo Ortega con el botín del asalto.
CRIMEN Y CASTIGO
A la muchacha de Acusados no solo la violaron en masa, sino que después la gran mayoría consideró que ella se lo merecía. Y ese crimen hubiese quedado impune si no hubiese existido una persona al menos dentro del bar que lo consideró incorrecto, una voz que lo denunció y un tribunal que juzgó a quienes nunca pensaron estar en el banquillo de los acusados. Y uno quisiera ver en la historia estos finales de película y creer que hay que insistir en que no es correcto lo que sucede, en denunciar el crimen, porque un día habrá un tribunal que juzgue a los malhechores, tanto a los que con los pantalones abajo violan a la Nicaragua acostada, como a aquellos que le corean ¡dale, dale, dale!