Atentado sin dueño

Un factor importante por lo que Occidente valora su asociación con Turquía es que esta es una estratégica nación musulmana con un gobierno eminentemente secular, no islámico.

Un factor importante por lo que Occidente valora su asociación con Turquía es que esta es una estratégica nación musulmana con un gobierno eminentemente secular, no islámico.

Después de la Segunda Guerra Mundial Turquía logró crear un Estado capaz de asociarse con las naciones industriales modernas; las mujeres alcanzaron igualdad ante la ley, toda religión fue tolerada y no se adoptó religión estatal.

La neutralidad de Turquía, durante la Segunda Guerra Mundial fue crucial en prevenir que el Medio Oriente fuera invadido por los nazis. Asimismo, una vez derrotada la Alemania nazi, esa posición previno que Turquía fuera ocupada por la Rusia de Stalin.
Durante la Guerra Fría, Turquía participó activamente en la detención del avance comunista y su integración como miembro de la OTAN fue de vital importancia para la seguridad del mundo occidental.

Irán, quizás inspirado por Turquía, llegó a ser un aliado cercano de los Estados Unidos hasta 1979, año en el que el sah Mohammad Reza Pahlaví fue depuesto por una teocracia islámica enemiga del mundo occidental. Este es, en toda verdad, el país precursor del actual radicalismo islámico y su nivel de terror.

Otro factor de importancia para el mundo occidental es que los musulmanes turcos, en contraste con el mundo musulmán árabe, han mantenido relaciones normales con Israel.

A pesar de esos aspectos estabilizadores, el actual presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan —quien asumió la presidencia en el 2014— ha establecido una serie de objetivos conflictivos que le han permitido sacrificar la democracia turca en aras de su creciente poder dictatorial.

Erdogan tiene antecedentes políticos islámicos y se autodenomina demócrata conservador. En 1998, siendo alcalde de Estambul, fue depuesto, encarcelado y se le prohibió legalmente ocupar puesto político alguno, debido a su intolerancia religiosa. No obstante, cinco años más tarde se anuló la prohibición y fue electo primer ministro.

Desde que asumió la presidencia de Turquía, en el 2014, Erdogan se ha esmerado en transformar la naturaleza simbólica de ese puesto y ha convertido esa oficina en una presidencia ejecutiva. Este año fue acusado de forzar la dimisión del primer ministro y de sustituirlo con un aliado personal. Ha sido acusado de violaciones constitucionales, de suministrar armas a terroristas, de alta traición contra el Estado. Ha sido criticado por construir el palacio más grande del mundo para su uso presidencial. Además, ha ordenado a las fuerzas de seguridad la destrucción masiva de poblados kurdos. La oposición a su gobierno ha sido altamente diezmada. Ha permitido una creciente tolerancia en el comportamiento social contra la mujer y ha apoyado el tráfico de terroristas islámicos a través de Turquía en su movilización hacia Siria.

Por décadas, el Ejército turco se ha adjudicado la función del gran estabilizador. Con una fuerza monolítica ha depuesto gobiernos que a su parecer son extremadamente ineptos, fusionados con poderes religiosos o altamente autocráticos. De ahí que los militares en Turquía, como institución —quizás hasta el pasado 16 de julio— han gozado de la confianza del pueblo.
Tanto en 1960, 1980 y 1997, paradójicamente, el pueblo turco, de una manera u otra, ha aceptado los períodos de ley marcial como un pequeño costo ante el primordial interés de mantener la integridad del sistema democrático.

El golpe que se atentó el pasado viernes presentaba las mismas características ya tradicionales. En su manifiesto, los golpistas aludían —entre otras cosas— que ellos estaban interviniendo principalmente porque el Gobierno era el creador de una autocracia que había convertido al sistema judicial en una institución inservible y que sistemáticamente ha ido desmantelando la democracia.

Pero esta vez todo fue diferente. El pueblo salió a las calles, obediente al presidente autocrático y gritando propagandas extremistas islámicas. Detuvieron a los militares golpistas y la Policía los arrestó. El mismo Ejército daba muestra de estar dividido.

Algunos expertos adjudican la responsabilidad del atentado a oficiales leales al presidente, para darle el necesario pretexto y facilitarle su acelerado proceso de arrebatar todo el poder. Muchos se preguntan que si la plaga del radicalismo islámico ha infestado a Turquía. Sin embargo, lo único que puede afirmarse sobre las consecuencias de este evento es que todo depende de quién es el dueño del atentado.

El autor es economista y escritor.

Columna del día Turquía archivo

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