Ed y Lorraine Warren, los piadosos cazafantasmas que conocimos en El Conjuro (James Wan, 2013), regresan para introducirnos en una nueva casita del horror. Pertenece a Peggy Hodgson (Frances O’Connor), madre de cuatro niños, abandonada por su esposo en un ruinoso inmueble ubicado en un vecindario popular de Londres. El principal blanco de la actividad paranormal es Janet (Madison Wolf), una niña preadolescente.
La naturaleza moralista de la historia debe adjudicar algo de complejo de culpa. La atención negativa del maligno debe experimentarse, inicialmente, como una especie de castigo. Janet es acusada de fumar en la escuela, y guarda bajo su cama un improvisado tablero de ouija. Por eso no nos extrañamos cuando un fantasma empieza a acosarla. La ausencia del padre deja vulnerable a la familia. La violencia de las manifestaciones incrementa, llamando la atención de los medios y la Iglesia católica. Esta institución es la que recluta a Ed (Patrick Wilson) y Lorraine (Vera Farmiga). Ellos acuden al llamado, a pesar de que en su propia casa, los acosa un demonio vestido de monja.
El director James Wan tiene una cámara inquisitiva y sinuosa, que flota por el espacio, cruzando paredes, volando a través de ventanas con la libertad de un espíritu desatado. En una atípica prueba de paciencia, Wan dedica bastante tiempo a la dinámica de la familia Hodgson. El excelente trabajo de diseño, en sets y vestuario, crea un persuasivo sentido de época —la acción se desarrolla en 1977—. Todos estos recursos estarían mejor empleados al servicio de una historia que vaya más allá de la anécdota. El Conjuro 2 no tiene más preocupación que reafirmar la existencia de los espectros. La pretendida “realidad” de los hechos es más importante que las ideas que los cineastas puedan tener. Tome nota del uso de las fotos de los personajes reales para ilustrar los créditos finales de la película. Esa “evidencia” está supuesta a darle a la película una resonancia que no tiene.
El giro que empuja a El Conjuro 2 a su conclusión es torpemente revelado en una línea de diálogo, exclamada heroicamente por Farmiga. Es tan obvia, que darle la categoría de “revelación” es ser generoso. El diablo quiere poner a prueba la fe de los creyentes, pero parece que la fe de los Warren es más importante que la de los demás cristianos. Vaya que el maligno invierte tiempo y esfuerzo en asediar a familias pobres, al otro lado del mar, solo para molestar a la fotogénica pareja norteamericana. Los actores están libres de culpa. Todos hacen un trabajo sólido con personajes básicos. Farmiga y Wilson, en particular, te pueden hacer creer que estás viendo una película superior.
Aunque no aprovecha la tradición del horror británico que su escenario invita, Wan ha estudiado a los clásicos. Pero cada guiño sirve para recordarnos a los mejores exponentes del género, y El Conjuro 2 palidece en la comparación. Las camas vuelan como en El Exorcista (William Friedkin, 1973). Juguetes caminan impulsados por manos invisibles como en El Resplandor (Stanley Kubrik, 1980). Frances O’Connor parece hermana gemela de Jessica Harper, la ingenua estudiante de ballet en la escuela de brujas de Suspiria (Dario Argento, 1977). Para no irnos más lejos, la invocación del pasado puritano en La Bruja (Robert Eggers, 2015) desplegó más humanismo e imaginación en apenas hora y media, dándole una lección de economía narrativa a esta resoplante máquina de sustos, funcionando trabajosamente por dos horas y 13 minutos. Apuesto que habrá una secuela.