Álvaro Urtecho, a quien no se le ha dado la distinción que merece dentro de los creadores líricos de su generación, era un poeta con tímpano de músico.
Vi al bardo poniéndole música a la poesía, haciendo uso de la pirotecnia verbal al entonar, La Cantata Estupefacta, una pieza que justificó los matices de Carlos Mejía Godoy con las peculiaridades temáticas que él acostumbra para convertir en música al verso.
Siempre intuí una cantinela desde el mismo momento en que requiere ser completada por la melodía anteriormente invocada. El idioma tiene calderones y bemoles.
Sus voces se oyen en vez de leerse. En su Cantata el vate saca ritmos del rock rodeando de elegancia eufónica a la modernidad: trenos tocados por el instrumento de la metáfora del castellano.
Bien puede colocársele en el pentagrama envuelto entre signos y estrategias sonantes. La Cantata es un himno. La muerte aparece cobijada por los indescifrables misterios pero al mismo tiempo es una elegía festiva.
Álvaro estaba cerca de morir (tendría 64 años si viviera). Hizo música del paisaje fúnebre que él vio con el macizo presentimiento. No merecía el pedestal grave de un Sibelius metido en la vitrina de su Finlandia, sino el ambiente de las luces “discotequeras” contrastantes con el designio opaco de las sombras.
Es el mensaje empapado de la “eterna primavera” que ve a la muerte como una fuente de la que salen las compensaciones de sentirla no como un castigo, una condena sino como “un esqueleto que ríe”.
Dentro de la Cantata el frescor está combinado con los aromas que pasaron por el filtro de la reflexión todo hecho con la moderación francesa del “tres por cuarto” condensada la palabra en los compases preparados para lanzar una salutación sobre los párpados cerrados.