Los primeros tanques soviéticos vinieron a Nicaragua a inicios de los ochenta. Las estimaciones sobre cuántos arribaron entonces varían entre 50 y 156. En cualquiera de los casos, es una cifra tremenda, muy superior a la de cualquier país del área. Aunque fueron adquiridos en tiempo de una fuerte guerra civil, entre campesinos alzados (contras) y el gobierno sandinista, los tanques no se usaron en combates —sirven para guerras convencionales—, pero no para combatir guerrillas.
Embodegados desde entonces, las únicas veces que les hemos visto estirar sus músculos ha sido en desfiles militares. La última vez fue el 2 de septiembre pasado, cuando el Ejército exhibió una docena de ellos. Son viejos, pero no envejecidos, pues no han estado sometidos a desgaste alguno. Somoza usó sus cuatro tanques Sherman, de más de treinta años de edad, durante la guerra de 1979. Jamás se le ocurrió renovarlos.
Ahora se habla de gastar 80 millones de dólares para “renovar” los tanques. La pregunta que nadie puede contestar es: ¿con qué objeto? Supongamos que los aproximadamente cien tanques de los ochenta ya no sirvieran para nada. ¿Hay necesidad de comprar cincuenta nuevos? ¿No podrían bastar cinco, o ninguno? ¿Necesita Nicaragua, en su pobreza, gastar semejante cantidad en tanques de guerra? ¿Es tan prioritario, urgente e importante hacer ese gasto, cuando hay tantas necesidades sociales insatisfechas?
Estas son preguntas que nadie contesta. Los funcionarios del Estado e incluso los diputados gobiernistas —que deberían ser independientes— tienen prohibido contestarlas. Sencillamente porque no tienen repuesta; porque no hay a favor de esta compra un solo argumento razonable; una sola razón lógica. Examinemos las únicas dos posibles: Una; “defender la soberanía”. Pero, ¿de qué amenaza? Honduras, nuestro vecino del norte no tiene problemas limítrofes con Nicaragua y solo tiene diez tanques. Costa Rica, en el sur, no tiene ejército y los diferendos territoriales se resuelven en las cortes. Dos; “combatir el narcotráfico” —la razón ridícula que usó Edwin Castro antes de que lo callaran—. Pero, ¿no es acaso en el mar donde más circulan los narcos? En todos estos años, ¿se ha disparado algún tiro de cañón contra los narcos?
La verdad es que la compra de cincuenta tanques de guerra rusos es una de las decisiones más irracionales e injustificadas jamás hecha por nuestro gobierno. El silencio mostrado hasta la fecha, empeorado por la prohibición de hablar al respecto, es la señal más clara de la ausencia de argumentos lógicos. Claro está que quienes tomaron la decisión, pasando por encima de la Asamblea Nacional —la cual no ha autorizado préstamos ni partida alguna— tuvieron sus propias “razones”. Pero estas son misteriosas, secretas; posiblemente inconfesables: ¿coimas? ¿Miedo al pueblo?
El caso de los tanques es una demostración más del riesgo de los gobiernos autoritarios: al no tener contrapesos institucionales, pueden hacer lo que quieran por controversial o irracional que sea. Igual que ocurrió con lo del Canal: una decisión de tremenda trascendencia para las futuras generaciones, fue cocinada en secreto por un grupito y luego ratificada por una asamblea sumisa y apresurada.
Una ciudadanía activa y valiente podría frenar el autoritarismo. Pero eso está por verse. Ante una decisión, que debería cosechar el repudio unánime de todos los sectores, hay muchos que permanecen callados o ambiguos. ¿Qué opina el Nuevo Diario, órgano de un sector empresarial? ¿Qué opina el Cosep? ¿Qué opinan los rectores o los universitarios? Descartando que estén de acuerdo, porque estúpidos no son, quizás esté operando el “pragmatismo resignado”, esa mezcla de prudencia astuta y cobardía, típica de nuestra historia.
El autor fue ministro de Educación en el gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro.
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