27 distinguidos ciudadanos nicaragüenses, 9 de ellos mujeres, dieron a conocer el recién pasado jueves 5 de mayo, un día antes de que Daniel Ortega convocara a elecciones por medio de “su” Consejo Supremo Electoral (CSE), un manifiesto titulado No permitamos que una minoría secuestre a la nación.
El documento es una radiografía sucinta de la situación política actual de Nicaragua, plantea la “necesidad de un cambio profundo y verdadero” y hace un triple llamamiento: 1) al Gobierno, para que asuma su responsabilidad de “garantizar elecciones libres, transparentes y con observación nacional e internacional”; 2) a la comunidad internacional para que honre “su compromiso con la democracia y la paz en Nicaragua asumiendo un papel más activo”; y 3), a los mismos ciudadanos nicaragüenses, para que asuman (asumamos) “la principal cuota de responsabilidad sobre nuestro presente y nuestro porvenir”.
La turbia convocatoria a las elecciones de noviembre próximo que ha hecho Daniel Ortega, por medio de su CSE, confirma de manera palmaria el planteamiento-denuncia que hacen los 27 ciudadanos en su manifiesto, en el sentido de que el sistema electoral no garantiza las condiciones para que haya comicios libres y transparentes; que “el control absoluto ejercido por el grupo gobernante (sobre el sistema electoral), el colaboracionismo corrupto de algunas facciones partidarias, el ocultamiento de datos y el sinnúmero de anomalías registradas en las últimas elecciones, lo han convertido en una institución fallida y en una maquinaria especialmente diseñada para el fraude”.
Los 27 ciudadanos que suscriben este manifiesto decidieron hacerlo en este número simbólico, en memoria de la proclama que otros 27 nicaragüenses plantearon el 27 de junio de 1974, rechazando por fraudulentas las elecciones del 1 de septiembre de ese año, en las que el dictador Anastasio Somoza Debayle impuso su reelección con el 80 por ciento de los votos.
Las circunstancias políticas de aquella época, hace 42 años, no eran iguales pero sí bastante parecidas a las que existen en la actualidad. La oposición ni siquiera podía participar en aquellos supuestos comicios porque aunque lo hubiera querido hacer la dictadura no lo permitía. La “elección” era solo entre el general Somoza Debayle y el candidato zancudo, Edmundo Paguaga Irías, de manera que los ciudadanos democráticos de Nicaragua, que eran la mayoría, no tenían por quién votar.
Pareciera mentira que más de cuarenta años después Nicaragua esté en una situación tan parecida. Pero es que, como dice el pensador nicaragüense Alejandro Serrano Caldera, en este país la historia se mueve como en una bicicleta estacionaria, con mucha agitación y esfuerzo pero sin pasar del mismo sitio; y volviendo una y otra vez al mismo lugar. Un ciclo vicioso que siempre se ha roto violentamente y que ojalá no se tenga que volver a romper ahora de la misma manera.