No cabe duda que los avances de la tecnología no solo han cambiado la sociedad, sino que paulatinamente han venido creando un nuevo mundo al transformar las categorías fundamentales que componen la identidad del sujeto y de la colectividad, y modificar las prácticas de las personas y el contexto, medio o circunstancia en que estas se realizan.
Hay que reconocer con entusiasmo y con una actitud optimista que la tecnología ha abierto espacios nuevos y de una significación impensable hace solo algunas décadas, pero es necesario, además, estar conscientes que tales innovaciones al crear situaciones hasta hace poco inexistentes, han variado cualitativamente valores y principios personales y sociales.
La maravilla de la tecnología y del mundo cibernético plantea un desafío al pensamiento, la cultura y la política, y obliga a la filosofía a plantearse racionalmente los alcances de tales cambios y su significado e influencia en la vida ética, económica, social y cultural.
Junto al reconocimiento del extraordinario avance que la tecnología representa para todas las personas y todos los países, es imprescindible preguntarse sobre el efecto que una inadecuada utilización de ella puede producir y sobre las consecuencias que ocasiona.
A la par de la convicción del significado trascendental del uso de los instrumentos tecnológicos, del que se deriva la posibilidad de crear un marco de valores y principios cuyo conocimiento no es más derecho exclusivo de una cultura o civilización, sino patrimonio de todos, debe considerarse también el impacto que su uso inapropiado tiene en la cultura, la convicción y práctica política y la propia identidad de la persona.
Si bien, por una parte, no puede ni debe dejar de apreciarse el significado extraordinario de acceder a un conocimiento simultáneo de los acontecimientos, sin perjuicio de la distancia, cultura, religión, ideología o civilización, de la cual proviene o a la cual se dirige, debe considerarse también el impacto que esto tiene en la cultura y la convicción individual y colectiva.
Junto a los elementos positivos que aporta la maravilla de la tecnología contemporánea, deben tenerse en cuenta los aspectos negativos, no para presentar una irracional e inútil oposición, sino para tratar de establecer los marcos de referencia de su utilización, compatibles con la dignidad de la persona humana, y capaces de reafirmar y promover a su mayor nivel esos valores y principios fundamentales.
Evitar, por ejemplo, entre otras muchas cosas, que la utilización del celular sustituya el contacto personal; que el uso de los medios tecnológicos en una exposición, eliminen el diálogo y la comunicación individual y social; que el uso de los instrumentos tecnológicos, sustituyan la capacidad de razonamiento de la persona. En fin creo que hay que evitar los extremos que deformen la aplicación adecuada de la tecnología. Ni el desconocimiento en perjuicio del avance que su utilización representa, ni el abuso en detrimento del razonamiento propio o del contacto interpersonal; ni analfabetas tecnológicos, ni bárbaros digitalizados.
Hay que evitar que la inapropiada utilización de la tecnología, contribuya a limitar el desarrollo de las aptitudes humanas, al sustituir la capacidad de decisión, por el actuar en forma mecánica. Una aplicación no consciente de los instrumentos tecnológicos, no proporciona objetivos ni métodos, sino una creciente ausencia de racionalidad que tiende a sobreponerse a sectores cada vez más amplios en la sociedad.
La tecnología aplicada a la propaganda y la sofisticación y masificación de los medios a través de los cuales esta se ejerce, lo mismo que el efecto de demostración que produce, transfiere los deseos y valores del ser a las imágenes y símbolos con que los intereses comerciales, utilizando los más altos avances, uniforman cotidianamente a los seres humanos en las marcas favoritas de los productos de la sociedad de consumo. Hay un proceso progresivo de desplazamiento del ser por la imagen, de sustitución de la realidad por el reflejo de sombras ante el espejo.
“A través de su difusión mundial —dice Octavio Paz en su libro Los signos en rotación— la técnica se ha convertido en el agente más poderoso de entropía histórica. El carácter negativo de su acción puede condensarse en esta frase: uniforma sin unir. Aplana las diferencias entre las distintas culturas y estilos nacionales pero no extirpa las rivalidades y los odios entre los pueblos y los estados… El peligro de la técnica no reside únicamente en la índole mortífera de muchas de sus invenciones, sino que amenaza en su esencia al proceso histórico. Al acabar con la diversidad de las sociedades y culturas, acaba con la historia misma”.
Estas consideraciones sobre los riesgos de la utilización inapropiada de la tecnología, nos lleva a afirmar el beneficio que de su adecuada aplicación produciría en el desarrollo de las condiciones materiales y morales de la humanidad. Esto nos lleva además a pensar que quizás la esencia de la técnica, en su origen y raíz, se encuentre históricamente en ese empeño necesario y persistente por superar los límites que la naturaleza ha impuesto a los seres humanos, por borrar las fronteras que los circunscriben a un espacio determinado de posibilidades finitas, y por romper los barrotes de la cárcel ontológica en la que los aprisiona la propia condición humana.
En todo caso, hay que tener presente que la tecnología, y la técnica en general, produce una doble situación: la satisfacción de necesidades y solución de problemas, por una parte, y como consecuencia de los instrumentos utilizados en su solución, el surgimiento de nuevos problemas y nuevas necesidades, por la otra.
Una parte del proceso tecnológico seguirá aplicándose en la búsqueda de un mejor vivir para el ser humano. Es decir que la incorporación de instrumentos específicos, contribuirá a la solución de unos problemas, e inevitablemente generará otros, propios de una sociedad cualitativamente diferente, resultado de su propio desarrollo.
En este punto de su proceso histórico, la tecnología ha dejado de ser un medio para mejorar la condición humana y se ha transformado en un fin en sí misma y también en un nuevo plano en el que se desarrollan los intereses de producción, consumo y acumulación. Es por ello imprescindible que lo mejor de la conciencia crítica y el pensamiento filosófico de nuestra época, desmonte teóricamente, con lucidez y precisión, los sofisticados y sutiles mecanismos de la enajenación contemporánea, rectifique la tendencia que los conduce, y proponga un marco conceptual y una ética de la tecnología, en la que hallen de nuevo cabida y plenitud, al lado de los magníficos avances tecnológicos, los más elevados valores del ser humano.
El autor es jurista y filósofo nicaragüense.