La frase, que pertenece a Federico Sacasa —uno de los profesionales más notables del país— resume en forma magistral nuestra situación. La primera parte de su oración, “estamos bien”, es fácil de aceptar. Hay progreso y se respira paz. Muchos atribuyen la bonanza a lo que llaman un nuevo modelo de alianzas y consensos entre el gobierno, el sector privado y los trabajadores.
La segunda parte de la oración; “pero vamos mal”, no es tan obvia o perceptible. ¿Cómo vamos a ir mal?, dicen, ¿Acaso no ven que la mayoría aprueba al gobierno y que hay signos de progreso por todos lados?
Sin embargo, estar bien, e ir mal, no es contradictorio. Una persona puede estar saludable, pero si continúa fumando puede desarrollar cáncer. Con los Somoza el país crecía a tasas mayores que las actuales, pero se derrumbó después, como subproducto de sus fallas políticas. Muchos no lo vieron venir.
Así como los árboles impiden ver el bosque, a veces el bienestar presente nubla la capacidad de atisbar los problemas futuros. Para saber si un país va por buen o mal camino es preciso distinguir aquellos que conducen a feliz término de los que llevan al despeñadero. El tema ha sido abordado por distintos autores. Uno de ellos, James Robinson, estuvo recientemente en Nicaragua. En su éxito de librería ¿Por qué fracasan los países? documentó que las sociedades más felices y prósperas tienen en común el Estado de Derecho —sometimiento de todos, incluyendo gobernantes—, a la ley. También comparten la distribución del poder y procedimientos electorales para cambiar gobierno. Sus conflictos o diferencias se resuelven pacíficamente a través del voto mayoritario. Las sociedades fallidas, por el contrario, tienen en común el irrespeto a la ley, la concentración del poder y la ausencia de mecanismos democráticos para resolver diferencias.
El problema con Ortega es que, si bien ha tenido el acierto de continuar la política que comenzó con doña Violeta en 1990, de cultivar relaciones armónicas con el sector privado, ha venido minando en forma sistemática el Estado de Derecho y subvirtiendo las bases democráticas que venían desarrollándose hasta el 2007. Desde entonces ha concentrado el poder en forma sin precedentes, politizado instituciones que deberían ser nacionales y abortado un componente fundamental de la democracia y la paz: el sistema de elecciones limpias y transparentes.
Lejos de apuntalar una institucionalidad, donde las partes resuelven a través de reglas jurídicas y mecanismos pluralistas, capaces de sobrevivir a los actores del momento, Ortega la ha sustituido por vínculos de dependencia, personales e informales, donde él impera como árbitro supremo. Estos arreglos pueden funcionar un tiempo. Puede haber períodos de prosperidad bajo regímenes autocráticos. El problema es que suelen ser precarios y elitistas.
La naturaleza humana está sujeta a tentaciones y si estas son fuertes para el hombre de la calle, lo son aún más para los poderosos. La historia muestra cómo bajo instituciones políticas absolutistas, tarde o temprano estos sucumben a la propensión de enriquecerse y de perpetuar y aumentar su poder. Es casi inevitable que la falta de controles, la concentración del poder y la fragilidad humana, incentiven la corrupción, la competencia desleal y la inseguridad jurídica.
Si a lo anterior se añaden posibilidades, como la ausencia del gobernante, o contracciones económicas —creadas por crisis en el entorno internacional, o por la disipación de los vientos de cola que apoyaron la bonanza— la ausencia de una institucionalidad democrática, que canalice pacíficamente los descontentos, puede llevar a tensiones o rupturas ruinosas. Ojalá no lleguemos allí. El problema es que hacia allí apuntamos.
El autor fue ministro de Educación en el gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro.