Las hazañas de Prometeo

Al proyecto periodístico de investigación de los papeles de Panamá se le dio el nombre en código de Prometeo. Como sabemos, los papeles de Panamá se le llama a la filtración de 11 millones y medio de archivos de un bufete jurídico panameño especializado en crear empresas fantasma en paraísos fiscales, con abundante información sobre […]

Al proyecto periodístico de investigación de los papeles de Panamá se le dio el nombre en código de Prometeo. Como sabemos, los papeles de Panamá se le llama a la filtración de 11 millones y medio de archivos de un bufete jurídico panameño especializado en crear empresas fantasma en paraísos fiscales, con abundante información sobre “el ocultamiento de propiedades de empresas, activos, ganancias y evasión tributaria de jefes de Estado y de Gobierno, líderes de la política mundial, personas políticamente expuestas y personalidades de las finanzas, negocios, deportes y arte”, según informa Wikipedia.

Los papeles de Panamá fueron filtrados el año pasado por alguien —quizás un empleado de confianza, pero resentido, del bufete jurídico— que se identificó como John Doey y los entregó, sin pedir nada a cambio, a un prestigioso periódico alemán. Este los compartió con más de 100 periódicos y revistas de otros países y después de más de un año de investigación de unos 400 periodistas de diversas partes del mundo, que los comenzaron a revelar a principios de abril de 2016.

Pero ¿por qué se puso el nombre de Prometeo a esa revelación de datos sobre miles de empresas fantasma, creadas para ocultar grandes fortunas, evadir impuestos y quién sabe qué y cuántas cosas más?

En la mitología griega, Prometeo crea a los hombres y después roba el fuego al cielo para darlo a los seres humanos.

Hesíodo relata en Teogonía que Prometeo era hijo del titán Jápeto, y de Clímene, una de las hijas del dios Océano, quienes también procrearon a Atlante, Menecio y Epimeteo.

Eso ocurrió en la época cuando todavía no había humanos, solo dioses, titanes, gigantes y otras divinidades inmortales.

Cuenta el mitólogo británico Robert Graves en su obra Los Mitos Griegos que Prometeo pidió permiso a Atenea, diosa de la inteligencia, para crear a los hombres. El permiso le fue concedido y Prometeo hizo a los hombres a semejanza de los dioses usando arcilla y agua. Cuando los hombres ya estaban formados Atenea sopló sobre ellos y les dio la vida.

Dos de los hermanos de Prometeo, Atlante y Menecio, se unieron a los titanes que se rebelaron contra los dioses olímpicos y quisieron tomar el cielo por asalto. Pero los titanes fueron derrotados y Zeus castigó a Menecio arrojándolo a la profundidad del infierno y a Atlante lo condenó a cargar el peso del cielo sobre sus espaldas, por toda la eternidad.

Prometeo y Epimeteo fueron más astutos y se pusieron al lado de Zeus y los dioses olímpicos. Y al parecer, Atenea premió a Prometeo dándole a conocer los secretos de “la arquitectura, la astronomía, las matemáticas, la navegación, la medicina, la metalurgia y otras artes útiles que él enseñó a la humanidad”, según escribe Graves.

Pero los hombres se llenaron de codicia, maldad y crueldad y Zeus tomó la decisión de exterminar a la raza humana. Prometeo, quien amaba a la humanidad, intercedió por los hombres y Zeus los perdonó, aunque quedó irritado con ellos por su mala conducta.

Así las cosas, ocurrió que en Sición —antigua ciudad del Peloponeso donde según Hesíodo se produjo la separación de dioses y hombres— los humanos entablaron una disputa acerca de qué partes de un toro sacrificado se debían ofrendar a las divinidades y cuáles reservarse a los mortales. Prometeo fue llamado a arbitrar aquella discrepancia de los hombres y en ese plan les instruyó que hicieran dos bolsas con la piel del animal sacrificado, que una la llenaran con la carne y la otra con los huesos, pero ocultos bajo una espesa capa de grasa.

Entonces Prometeo pidió a Zeus que escogiera una de las dos bolsas y el dios supremo del Olimpo tomó la que tenía la grasa encima y abajo solo los huesos. Prometeo y los hombres se rieron en son de burla, provocando la ira de Zeus, quien como castigo le quitó el fuego a los hombres. —¡A partir de ahora que coman la carne cruda!, si quieren—, exclamó el iracundo Zeus.

Prometeo, siempre pensando en ayudar a los hombres, pidió a Atenea que le ayudara a subir secretamente al Olimpo, la residencia y lugar de reunión de los dioses. Atenea le ayuda y estando allí Prometeo encendió una antorcha en el carro del Sol que Apolo conducía todos los días por el cielo, bajó a la Tierra y le dio el fuego a los hombres.

Zeus castigó terriblemente a Prometeo por aquella osadía, pero esto es otra historia.

Columna del día Prometeo archivo

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