El “trumpetismo”, que no por casualidad suena a “trompeador”, o sea el que a trompadas busca imponerse e intimidar, es un fenómeno que en Estados Unidos (EE.UU.) preocupantemente se manifiesta en la actual campaña electoral.
Como es obvio, me estoy refiriendo al “showman” Donald Trump, precandidato a la nominación presidencial republicana en las próximas elecciones de noviembre de 2016. En este “reality show” llama la atención la historia y significado de su apellido. Su abuelo Friedrich Drumpf, un inmigrante alemán en los EE.UU., americanizó su nombre a Frederick Trump, debido a los prejuicios antialemanes durante la Primera Guerra Mundial.
Drumpf en alemán significa triunfo y trump es en inglés una variante de triunfo (triumph), triunfador, como se proclama a los cuatro vientos Trump, pero quizá lo más significativo es que trump up significa falsificar, forjar, inventar para. Y es que Trump está vendiendo al electorado norteamericano una visión deformada de la realidad tanto nacional como internacional, en el que los EE.UU. serían las víctimas de un mundo globalizado, que crece a sus expensas.
Durante su discurso como ganador en las primarias del llamado “supermartes” del 15 de marzo pasado, se le pudo ver, vía CNN, expresando: “En lo militar no le ganamos a ISIS, en lo comercial no le ganamos a China, Japón, México, India, Vietnam… Conmigo América volverá a ganar”.
A una población duramente golpeada por la pasada recesión, con su funesto cortejo de desahucios inmobiliarios, quiebras y desempleos; a unas clases obrera y media que cree que sus trabajos se le han escapado al extranjero, o que son ocupados por inmigrantes que les hacen competencia desleal aceptando bajos salarios, a grupos blancos que se sienten desplazados ante inmigrantes latinos, asiáticos y africanos; a cristianos que ven circular gentes de todos los credos, entre los que les preocupan especialmente los musulmanes; a nacionalistas que sienten peligrar su supremacía y orgullo militar; a votantes que en síntesis ven amenazadas su tranquilidad vecinal y hegemonía global, este discurso altisonante en un individuo que se presenta como un empresario exitoso, un hombre duro y firme, es la respuesta que les devolverá las glorias perdidas. En palabras de Marco Rubio, “una tormenta política que ha polarizado a la sociedad estadounidense”.
La revista británica The Economist considera un eventual triunfo de Trump como una de las diez amenazas para la estabilidad global.
Su lema de campaña es “Make America Great Again” (“Hagamos América grande de nuevo”), lo cual está bien, lo malo es que para lograrlo solamente presenta soluciones confrontativas: contra los inmigrantes, contra los musulmanes, contra la competencia global. Y no es que Trump haya sido el creador de estos sentimientos entre la población de los EE.UU., no, él como buen “showman” lo que ha hecho es identificar las necesidades de las audiencias para lograr un buen posicionamiento en el mercado electoral, lo que parece estar logrando ampliamente, ya que a la fecha ha superado a todos sus rivales y dejado tendidos en el terreno a los “favoritos” Jeb Busch y Marco Rubio, quienes ya abandonaron la campaña.
Hay quienes dicen que Trump más que un extremista, es un vendedor pragmático que ofrece el producto que desea la clientela y que una vez en el poder sabrá “gerenciar” con prudencia pragmática.
Ya sea que Donald Trump gane o no la nominación presidencial del Partido Republicano, y aún las elecciones presidenciales del próximo noviembre, lo que se nota es que ha despertado los sentimiento xenófobos, machistas, racistas, fundamentalistas, que parecían haber difuminado en el espectro político-ideológico de los EE.UU.
Una nueva y peligrosa etapa confrontativa, con repercusiones políticas, económicas y militares cuyos coletazos inevitablemente se harán sentir en el mundo.
“Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor/ que pasa por las vértebras enormes de los Andes”. /Oda a Roosevelt, Rubén Darío (1904).
El autor es psicólogo social.