María A. Lacayo y Agustín Salinas, en su boda en 1936. LAPRENSA/Cortesía/Álvaro Porta.

María A. Lacayo y Agustín Salinas, en su boda en 1936. LAPRENSA/Cortesía/Álvaro Porta.

Boda real

Corre el año 1936, una refinada joven de Masaya, habilidosa ama de casa, sabe coser y remendar su ropa, bordar, cocinar y poner la mesa

Corre el año 1936, una refinada joven de Masaya, habilidosa ama de casa, sabe coser y remendar su ropa, bordar, cocinar y poner la mesa, zurcir los calcetines de papá, hasta pintar y tocar el piano, en fin, lo que toda joven casadera aventajada aprende de sus mayores. A los 25 años, María Amanda Lacayo se destacaba por su belleza y había aprendido de su madre el arte que ya dominaba, en confeccionar piñatas, organizar veladas y vestir adecuadamente a las niñas que deseaban salir de ángeles en las procesiones, en especial las de Semana Santa. Había sido durante dos años la novia prometida en matrimonio de Jaime Carrión, joven finquero de la ciudad quien por razones de salud tuvo que ir a buscar sanación a España, donde desafortunadamente le habían detectado un cáncer terminal que acabó con su vida en meses.

María Amanda es la mejor amiga de Miriam, esposa de Carlos Brenes del Prado destacado médico y político activo, que como miembro prominente del Partido Liberal en el poder ha salido electo parlamentario, asciende a la directiva de la asamblea y cuando sus amigos le comunican que han decidido casarse, él ya es presidente del Congreso. Se ha producido un golpe de estado pacífico y el presidente de la República abandona el cargo y sale del país en calidad de refugiado político. El Congreso se reúne de urgencia ese mismo día, de acuerdo con la Constitución y para concluir el período presidencial le corresponde al superior del Congreso asumir la Presidencia de la República. Así ocurre, Carlos Brenes del Prado es juramentado por el presidente de la Corte Suprema, asume la Jefatura de Estado y se traslada a vivir con su familia a la Casa Presidencial, en la loma de Tiscapa, el 10 de marzo de ese año.

Dejemos para más tarde las vicisitudes políticas e intrigas que le tocó sortear al doctor Brenes del Prado en su nuevo cargo y concentrémonos en la vida privada en Casa Presidencial. La Cancillería, a cargo del doctor Manuel Cordero, había organizado a través del protocolo una recepción solemne y relativamente grande en Casa Presidencial, con trajes de etiqueta y con señoras, para presentar al nuevo mandatario y su esposa, al cuerpo diplomático, políticos destacados, empresarios, clero y asociaciones religiosas y sociedad en general. Una buena idea, llegaron más de trescientas personas, ya no había donde acomodarlas, un ejército de más de cuarenta meseros atendieron con abundantes copas de champán francés acompañados de caviar ruso sobre pancitos tostados, aceitunas y paté. El jefe de protocolo, Paco Fiallos leyó una breve biografía del doctor Brenes del Prado y de su esposa, a manera de presentación, luego el nuncio monseñor Portalupi a nombre del cuerpo diplomático hizo el saludo de rigor y monseñor Lezcano arzobispo de Managua bendijo la ocasión y deseó éxitos al nuevo mandatario. El presidente, doctor Brenes del Prado, dijo una pieza oratoria atenta y correcta y recibió el saludo de los presentes.  El acontecimiento estuvo amenizado desde el principio por la orquesta Vega Matus de Masaya, bajo la batuta del joven Ramiro Vega. A pesar de los nervios, propios de la ocasión el evento fue oportuno para descongelar muchas relaciones, doña Miriam, ahora de sopetón primera dama echó la casa por la ventana, había ido a comprar ropas nuevas donde la Tina Lugo, dos pares de zapatos de lujo, uno en La Unión de Paco Pérez y otro en el City Club de Jaime Saavedra y hasta un prendedor con su collar de perlas de dos vueltas, escogido donde Carlos Cardenal. El alma de la organización de la fiesta era doña Chepita, madre de Miriam, es decir, la suegra presidencial.

Entre los convidados esa noche a la fiesta estaba María Amanda que se había trasladado desde la semana  anterior de Masaya y estaba alojada en un cuarto para huéspedes en la propia Presidencial, aunque a decir verdad, algo amontonada, pues la romería familiar de Masaya a la fiesta no era para menos.

Otro convidado especial era un joven cadete, buen mozo, recién llegado al país, Agustín Salinas, de Chinandega recién egresado de una academia militar de Filadelfia, joven, guapo y cantante que había sido finquero del occidente del país, 32 años, criador de ganado, bohemio, buen guitarrista, bailarín y cuando le cae el chelín hasta le hace lindas baladas de amor a sus novias, ha sido famoso por esas tonadas y por su habilidad para huirle al matrimonio.

Miriam la anfitriona y María Amanda su amiga, se han confabulado para tenderle una trampa al resbaladizo Agustín, después de los primeros champanes se apartaron a una terraza a contemplar las luces de la capital y Miriam les propuso sin muchos rodeos aprovechar su permanencia en ese Palacio para anunciar su boda y además efectuar la fiesta del evento. —Les invito de manera oficial, en nombre de Carlos y el mío a utilizar las instalaciones y todos los servicios para hacer una fiesta inolvidable. Será nuestro regalo de bodas, si aceptan, lo organizamos al estilo de tu mamá, con toda la parafernalia de Masaya. Todavía Agustín que no esperaba esa invitación dudó un par de minutos, pero María Amanda, ni corta ni perezosa le animó a aceptar semejante regalo que difícilmente se repetiría. De manera que cuando estaban terminando la fiesta y solo quedaban los de mayor confianza, hicieron el tan esperado anuncio oficial fijando una fecha para la ceremonia y a continuación la fiesta, todo a efectuarse en Casa Presidencial.

Y así fue, Agustín y María Amanda se casaron el 20 de julio de 1936 bajo la bendición del padre Juan B. Matamoros, párroco de Masaya, en la capilla privada de Casa Presidencial, llevó los anillos el niñito Cachito Porta Lacayo, sobrino de la novia y a continuación se efectuó la boda civil en ceremonia íntima que autenticó el juez de Distrito de lo Civil de Masaya, el joven doctor Arnaldo Pasquier Caldera.

La fiesta fue un derroche de atenciones con el protocolo oficial del gobierno y la supervisión de doña Chepita y de doña Melisa madre de la novia. A última hora, don Mariano, padre de María Amanda, quien se había mostrado reacio a bendecir este improvisado evento aceptó llevar del brazo a su linda hija, quien lució memorable en el desfile bajo el arco de las espadas de la escolta presidencial. Se bebió, comió y bailó desde las seis de la tarde hasta pasada la media noche. Una fiesta inolvidable, al estilo de una boda real como las que apreciamos con deleite en la revista Hola de España.

Cultura boda Cuento Masaya presidente archivo

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COMENTARIOS

  1. Jose
    Hace 11 años

    Felix, lo que eres es un acomplejado…

  2. felix
    Hace 11 años

    viendolo bien que vivian una vida irreal con tanta cursileria en un pais tan pauperrimo como ha sido Nicaragua ,dan asco

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