A su despedida llegaron algunos, no todos, y tampoco estuvieron muchos de los que por más de medio siglo poblaron las 24 mesas repartidas alrededor de una rockonola que se encendía con las románticas cuerdas vocales de un José José o vibraban con las ardientes rancheras de Vicente Fernández. A la fiesta de despedida del bar y restaurante El Trébol, celebrada el pasado fin de semana, llegaron, sobre todo, amigos, dice Guillermo Núñez, uno de los propietarios de este negocio que cerró sus puertas en estos días para ceder los terrenos a la futura construcción de un centro comercial.
La historia de El Trébol no es la de un simple bar restaurante, estilo campestre, que un día abrió sus puertas en un lugar alejado del centro de la Vieja Managua, en los sesenta, y se volvió en un sitio familiar, no, no es solo eso. El Trébol es un bar y restaurante que un día de 1964 fundó Marina del Carmen Artola Moreno, la mamá de Guillermo Núñez, y cuya ubicación coincidió con la de dos de los diarios más grandes del país: LA PRENSA y El Nuevo Diario, lo que provocó que durante mucho tiempo, en algún momento del día, se volviera un lugar de tertulias y tragos para periodistas de ambos periódicos.
Marina Artola, originaria de Darío, Matagalpa, entró como mesera en el Jardín Central, negocio que quedaba en la calle 15 de Septiembre, en la Vieja Managua. Pronto ascendió y pasó a encargarse de la caja del negocio. Se había ganado la confianza de los propietarios, que eran los mismos dueños de la Cervecería, así que un día habló con ellos y le pidió que le ayudaran con un lugar para abrir su propio bar. El lugar estaba en las afueras del centro de Managua, sobre la Carretera Norte, a la par de un cauce.
Guillermo, que era un muchacho en esa época, recuerda que alrededor no había nada de lo que hay ahora: no estaban las casas del barrio Costa Rica ni las paradas, la leche agria ni el laboratorio ni los edificios de los diarios. Ese conjunto que pareciera que siempre ha estado allí, no era más que predios.
Marina era emprendedora y no se conformó con El Trébol, al poco tiempo abrió otro negocio, el Bar Latino, cerca de Plasmaféresis, donde la gente llegaba a vender su sangre, en el sector de lo que ahora se conoce como la Armando Guido. El Bar Latino tenía un carácter más ejecutivo y Marina Artola lo cerró después del terremoto. Se quedó con El Trébol, que con el tiempo se convirtió en un centro de “convergencia” de periodistas de distintas corrientes políticas.
El periodista Róger Suárez recuerda que a finales de los ochenta El Trébol “era un lugar de referencia”. Suárez, quien actualmente edita la sección Globo en El Nuevo Diario, era reportero de LA PRENSA y dice que al bar llegaban periodistas de ambos diarios y una característica, según Suárez, es que se sentaban en sectores distintos, intercambiaban saludos, había cierta fraternidad.
“Se comenzó a correr la bola que era la hora en que los periodistas tenían libre y venían periodistas de otros medios para alternar con los periodistas de los diarios y para que ver qué información nos sacaban”, dice Suárez y agrega que en esa época se hacía oposición al régimen y había que trabajar con dos agendas paralelas. Una era la que se publicaba y la otra eran los temas que no pasaban el filtro de los censores.
Incluso se asomaban por El Trébol corresponsales extranjeros que, aunque solían reunirse en un bar del Hotel Intercontinental, se daban su vuelta por este bar de la Carretera Norte para enterarse de otros temas de los que se no se hablaba en la agenda oficial.
Luego, en los noventa, El Trébol se convirtió, dice Suárez, en un punto de encuentro de intelectuales y artistas, que aprovechaban la cercanía de ambos diarios para toparse con sus reporteros.
Para Gerardo Bravo, reportero de LA PRENSA, una cualidad de El Trébol era la tranquilidad del local. Se podía hablar de todos los temas, de política, de cualquier caso, pero de allí nadie salía peleado, explica Bravo, quien frecuentó durante mucho tiempo este local, sobre todo jueves y viernes cuando pasaba por ahí con otros colegas al final de la jornada.
Las cervezas heladas, casi congeladas, y servidas una detrás de la otra, era uno de los atractivos del local en cuyo extremo resalta el tronco de un gigante guanacaste que los propietarios del Trébol jamás quisieron cortar. Ahora, con el nuevo proyecto se ignora cuál será la suerte del árbol.
DE TODOS LOS RANGOS
A las mesas de El Trébol llegaban reporteros, pero también editores y directores de ambos diarios. Guillermo dice que Pedro Joaquín llegó alguna vez con Horacio Ruiz, editor general de LA PRENSA, reconocido en el gremio periodístico por su arte para titular y por sus crónicas.
De vez en cuando llegaba a comer el pescado que se cocinaba en El Trébol Danilo Aguirre, exdirector de El Nuevo Diario, quien falleció recientemente. Aguirre era afecto a las rancheras y le gustaba programar algunas en la rockonola mientras degustaba su pescado. Núñez dice que “el doctor Aguirre” a veces aparecía para llamarles la atención a los reporteros que estaban instalados en el bar y recordarles que fueran a escribir sus artículos y a cerrar la edición del día siguiente, que después podían seguir instalados allí armando y desarmando el mundo.
La relación con los editores y directores hasta cierto punto era conveniente para los propietarios de El Trébol, que más de una vez acudió a ellos para obligar a reporteros “morosos” que pagaran los tragos y la comida que habían consumido al crédito, porque “fiar” a los reporteros fue una de las características del negocio. “A veces se molestaban y me decían ‘ideay ¿por qué llamaste a mi jefe si la deuda es conmigo?’, pero es que si no, no me pagaban”, cuenta Guillermo, un poco apesarado porque después de tantos años ahora tocó cerrar este local.
Guillermo dice que doña Marina, su mamá, una mujer que ronda los 80 años, quería mantener el bar abierto hasta su muerte. “La idea de mi mama era salir de aquí para el cementerio, ella no quería ir a una funeraria. Toda su vida estuvo aquí”, comenta Guillermo, quien en los últimos veinte años se hizo cargo del negocio.
Ahora tienen planes de reabrirlo en otro lugar. Todavía no saben muy bien dónde, explica Guillermo.
Con el cierre de El Trébol también se da vuelta a una página de la historia de los reporteros de ambos diarios, esa historia poco contada que se ha tejido a lo largo de tertulias en lugares extintos como el cafetín La India de la Vieja Managua, en tiempos en que se dependía menos de las redes sociales virtuales, épocas en las que primaba más el contacto físico y las pláticas eternas y estériles entre los reporteros.

UN NUEVO CENTRO COMERCIAL
El terreno de El Trébol pertenecía a la Cervecería y durante muchos años se lo cedió en arriendo a Marina del Carmen Artola Moreno. Hace poco la Cervecería vendió el terreno y se prevé que en febrero arranque la construcción de un centro comercial que abarcará no solo el terreno donde ha estado El Trébol, sino el terreno que está a la par, donde alguna vez funcionó una vidriería. Los propietarios de El Trébol esperan reabrir el local en otra parte de Managua, pero aún no están seguros.
