Los formidables formatos de estos cuadros permiten desde lejos al ojo un deleite anticipado, y a medida que nos acercamos a ellos, y podemos luego detenernos frente al esplendor que nos ofrecen, descubrimos el universo que cada composición de frutas y de flores contienen, en una apasionada multiplicación de los milagros de la naturaleza que la pintora ha reproducido con maestría para nosotros.
Rica y hermosa primavera, dice Quevedo en uno de sus sonetos. La primavera de Rosario se vuelve un delirio, y sus imágenes, sometidas al lente de aumento con que las ha visto al pintarlas, adquieren sobre el lienzo una majestad imperturbable que acerca a nuestros ojos esos frutos y esa floración, y los hace patentes al tacto y también al olfato, porque todo lo que es real porque parece real, puede ser visto, tocado y olido.
Manzanas dividas por el tajo de un cuchillo que no vemos, lo que aleja esta contextura de seductora geometría de la naturaleza muerta, para convertirse en naturaleza que palpita, carne dividida y repartida con armonía, y atrás el verde rotundo de las manzanas enteras, y más atrás las rojas, en cerrado misterio.
Y más que naturaleza muerta, en este tríptico de mangos encendidos de oro que se deslíe al rosa, lo que tenemos es una naturaleza despierta que nos llama con sensualidad y con ardor para recordarnos que el trópico es sustancia viva, tersura carnal, aroma que transporta los sentidos, y todo ese se puede revivir en el volumen y en el color, en el suave tajo que hiende la carne de la fruta, y en esa cercanía del primer plano que nos embriaga. Mangos encendidos que han madurado bajo el fuego del sol y atrás lo que surge es el azul cobalto de la noche.
Esas naranjas iluminadas nos enseñan un universo desnudo donde las esferas de las frutas se agrupan muy juntas porque un movimiento sensual, de cataclismo silencioso, las ha llevado hasta allí, a tocarse de piel a piel; y la del centro, que enseña desgarrada sus entrañas, es como un sol ardiente que derrama su luz sobre la tela y más allá de ella, alumbrando el cuadro con ardor de oro derretido, y su piel recortada que yace debajo deja vislumbrar los restos de un cataclismo visual.
Y cuando las naranjas de oro tienen a sus pies los higos oscuros, en el tríptico naranjas e higos, donde el morado concentra nuestra atención, hemos encontrado la magia exultante del contraste, allí donde el ojo acierta en el deleite porque a su vez la pintora ha acertado en la sabiduría de la composición y en el ars combinatoria del color.
Y al lado de las frutas, las flores, que también nos llaman a la contemplación ardorosa: el tríptico de malinches que nos acerca a la visión del estampado de los biombos orientales, ese rojo incomparable de flama viva del malinche, la delonix regia de nuestros patios, plazas y calles; el tríptico de las avispas, la roja belleza desnuda del hibiscus que enseña sin pudor, en homenaje a su propia belleza, su aparato sexual, androceo, estigma, ovario, gineceo; y las figuras de sueño nocturno de las catleyas, las siluetas de orquídeas que tienen esa misma calidad de espectros de la noche, y los irises que se despliegan airosos, desafiando nuestros sentidos.
El ojo no descansa en el asombro. Y Rosario alcanza en esta muestra la maestría en el dominio de los instrumentos de la sensualidad. Ha visto de cerca, para que nosotros veamos de cerca, y nos admiremos.


