Las satisfacciones que da el tener un buen autoconcepto son invaluables, ya que nos provee satisfacción de orden psicológico, como el sentirnos bien con nuestra imagen, la profesión u oficio que hayamos elegido, o sea, en su totalidad con todo lo que poseemos sin darnos a la tarea de sufrir por lo que no nos ha tocado, por ejemplo, tener un apellido que me dé soporte, cuando esto yo lo puedo convertir en una grande y enorme satisfacción del orgullo de llevar mi nombre y apellido.
Cuando la autoestima es baja se sufre de complejos, los cuales hemos aprendido de forma errada con base en estigmas que la sociedad y la familia han sustentado y han creído en darle valor a ciertas cosas, cuando en realidad todo lo que poseemos es bello y lo que no tenemos y lo podemos cambiar o modificar o superar pues es fácil; nos esforzamos por obtenerlo sin caer en la depresión o en frustración.
La buena autoestima actúa como el sistema inmunológico que nos defiende de enfermedades. Poseer una estima alta nos libera de prejuicios, de paradigmas que mucho daño hacen cuando nos dejamos llevar por ideas erróneas creadas por sectores que desfiguran la sana percepción de uno.
Por ejemplo, ser delgado es una exigencia que se autoimpone y pone en peligro la salud física y mental.
La moda de usar “marcas” socava la economía y el bienestar emocional, cayendo en la trampa de obtenerlo al precio que sea.
Una cosa trae a la otra, usar tarjetas de crédito se ha vuelto casi una exigencia, convirtiéndose en un tornado incontrolable.
Cuidemos de nuestra estima, pues es un tesoro dado por Dios. Será hasta en otra ocasión amigos lectores.
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