Según San Pablo, el cristiano tiene tres enemigos principales: el mundo, a través de las ideologías, las filosofías, y toda corriente de pensamiento alejada —o en contraposición— a la doctrina de Cristo; la carne, que consiste en nuestras inclinaciones humanas dominadas por el egoísmo; y el demonio, que son seres reales espirituales que buscan nuestra perdición, manipulando —además— a los otros dos enemigos.
En la actualidad, el mundo pareciera que es el que más daño nos está causando porque su manera de actuar es mucho más sutil y difícil de detectar. Es el causante de que cada vez más países enteros, sociedades, individuos, e inclusive cristianos estén sucumbiendo —consciente o inconscientemente— a su seducción a su manera de pensar y actuar.
Por nuestra historia reciente recordamos cómo por la caída del Muro de Berlín, muchos creyeron ingenuamente que las ideologías del mundo habían caído para siempre; que se había iniciado un nuevo orden mundial sin necesidad de ideologías políticas, creyendo que la economía era suficiente por sí sola para cimentar el orden social, sin necesidad de filosofías, ni de teologías El marxismo de la Europa del Este pasaba repentinamente a asumir las tesis de la economía de mercado; mientras que las democracias occidentales, de forma progresiva, renunciaban a su inspiración en el humanismo cristiano.
El futuro de Occidente parecía construirse sobre las bases únicas del bienestar económico, renunciando a todo otro planteamiento. De esta forma optaba por el “tener”, por encima del “ser”; por el materialismo por encima de nuestros valores tradicionales y cristianos y como dijo en su última entrevista como papa Benedicto XVI (así como el eminente pensador, el padre César Turqui): “Occidente terminó por transformarse en un cuerpo sin alma, donde lo único importante y definitivo parecía ser la economía floreciente el Capitalismo Salvaje que denunció el papa Juan Pablo II”.
De la misma forma que no existe un cuerpo vivo sin alma, tampoco puede haber una sociedad sin fundarse en una determinada concepción de la vida y del ser humano. Hemos visto un inmenso crecimiento tecnológico en los últimos años, sin embargo este crecimiento “no estuvo acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores, conciencia” (Laudato Si, No. 105, papa Francisco).
¿Por qué no? Creo que en gran parte han contribuido las ideas modernas que sistemáticamente están trabajando en la continua desintegración de la familia, el seno en cual recibimos nuestra formación como seres humanos, se nos inculcan los valores morales y el sentido de responsabilidad. Por otro lado la tendencia moderna de que no hay valores absolutos y verdaderos, todo es relativo.
Escuchamos expresiones: “Si te gusta no hay problema”, “cada cabeza es un mundo”, “vos podés hacer lo que querrás”. No nos preguntamos ¿es correcto o no? Mientras no regresemos a los valores y verdades eternas que Cristo nos enseñó, no podemos esperar que las cosas en nuestra sociedad cambien.
Durante su intervención en el Congreso de los Estados Unidos, el santo padre Francisco, nos hacía un llamamiento a adoptar la regla de oro de Cristo: “Hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes” (Mt. 7, 12). ¿Estoy dispuesto a poner en práctica de ahora en adelante esta regla?
El autor es coordinador de la ciudad de Dios
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