Kevin Valle Carrasco murió a los 21 años cuando una piedra de gran calibre truncó su vida. Era parte del contingente policial que el 6 de octubre llegó a Mina El Limón, a proteger el transporte de trabajadores de la empresa B2Gold ajenos a la huelga.
Los huelguistas, sin provocación alguna, atacaron al convoy con piedras, palos, morteros y cocteles molotov. Los agentes iban armados y la tentación de apelar al derecho de legítima defensa debió ser fuerte. Uno tras otros iban sufriendo heridas y traumatismos: ¡veintitrés de ellos en total!, como la suboficial Massiel Sánchez, a quien le fracturaron el hombro derecho, el suboficial Gerald López, a quien quebraron la pierna izquierda, la inspectora Milena Zapata a quien quemaron la ingle y perforaron los brazos con charneles, y Kevin Valle, a quien mataron. Ni un policía disparó.
Envalentonados los manifestantes les arrebataron sus armas y luego destrozaron un jeep policial, tres camionetas, un bus de la empresa y quemaron la delegación policial.
¿Estallido de cólera ante las injusticias? Difícilmente. Los obreros de B2Gold son los mejor pagados del país, con un promedio salarial de 18 mil córdobas mensuales y la empresa suministra luz y agua gratuitas a toda la población, amén de otros servicios.
El problema es otro. Los sindicalistas, quien en palabras de la esposa del dirigente Humberto Rivas: “Siempre han sido cien por ciento sandinistas”; tienen una larga trayectoria practicando la cultura política arrogante y violenta que el Frente cultivó. Piensan que aunque les pagan bien y les dan servicios, la empresa capitalista les debe mucho más. Y ¡ay de ellos si lo niegan! Recurrir a las piedras está en el DNA político de sus líderes.
En mayo de este año B2Gold quiso limitar el suministro gratis de energía a los de menor consumo —para evitar el abuso de quienes tenían mantenedoras comerciales y hasta aires acondicionados—. Pero lo que ocurrió fue un tremendo estallido de violencia. Esta vez lo causa el despido, autorizado por el Mitrab, de tres sindicalistas que han agredido físicamente a empleados de la empresa amén de otras transgresiones.
Son líderes violentos y además pueden ser cínicos. En una declaración de antología, Ramón Useda refiriéndose a la muerte de Kevin dijo: “Sinceramente esa no era nuestra intención” (tiraban rocas sin intención de lastimar). “Creemos que esto ocurre porque mandan a los oficiales sin entrenamiento y sin chequeos médicos, ya que tenemos conocimientos de que murió de un infarto”.
Lo extraño es que las voces condenatorias del actuar sindical han sido minoría. Destacan las de José Adán Aguirre y Pedro Joaquín Chamorro B., con su excelente artículo Sí, son vándalos y delincuentes (LA PRENSA, 14 de octubre). Pero un sector mayoritario, incluyendo periodistas, pastores y políticos han preferido otorgar su condescendencia a los huelguistas: regresa la Policía a restablecer el orden y vemos damas enlutadas y lloricosas recibir una cobertura fotográfica negada a quienes lloran de verdad, como la madre de Kevin. Oímos a líderes del MRS hablar de una “Operación limpieza” como las que hacía Somoza, cuando entraba a sangre y fuego a matar guerrilleros y civiles. Vemos un pie de foto periodístico del 18 de octubre diciendo: “Los pobladores de Mina El Limón quedaron aterrorizados ante la represión policial que sufrieran este sábado”.
¡Qué forma más torcida de ver las cosas!, afín a la frase cínica de Ramón Useda. Cuando el terror lo sembraron los sindicalistas y solo hay un muerto, Kevin, un muchacho policía que mataron ellos, los líderes de la revuelta. Es cierto que merecen un debido proceso. Pero también una debida condena.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación.