El ejercicio de la docencia se convierte en una grata experiencia en la medida que el profesor termina aprendiendo de los alumnos a través del conocimiento compartido y se satisface más cuando se polemiza y se debate.
En una reciente clase sobre derechos humanos, explicaba utilizando ejemplos simples, la clasificación de estos derechos en tres generaciones: la primera, los civiles y políticos; la segunda, los derechos sociales, económicos y culturales, y la tercera el derecho al progreso social, el medioambiente, la solidaridad y la paz entre otros.
Al concluir la cátedra una aventajada alumna me preguntó en cuál de estas clasificaciones podríamos incluir el derecho a la impunidad, a lo cual solo respondí: ejemplifique por favor y, sin guardar un orden cronológico o de importancia me expuso los siguientes casos:
Cuando un presidente se reelige violentando la Constitución, con el aval de una Corte Suprema de Justicia y no pasa nada.
Cuando un grupo de vándalos asaltan, roban y golpean a ancianos y jóvenes en una protesta social frente a la misma policía y no pasa nada.
Cuando una patrulla en una supuesta confusión dispara a matar contra una familia y aunque se hizo un mamotreto de juicio, se desconoce si los culpables están realmente guardando prisión y no pasa nada
Cuando sospechosos del atentado el 19 de julio, manifestantes contra el Canal, mineros, sindicalistas, caribeños indiciados por la muerte de varios policías, y otros innumerables casos son sustraídos de su jurisdicción, encerrados en una ergástula en Managua, violentando las normas del debido proceso y no pasa nada.
Cuando varias personas pobres mueren aterradas por el muro mal construido de una residencial, sin producirse un solo detenido por este crimen múltiple… y no pasa nada
Cuando más de 400 policías se toman una población minera e impiden la libre circulación, movilización y protesta de sus habitantes y no pasa nada.
Cuando varios diputados y manifestantes son golpeados y vapuleados frente a la sede del propio Consejo Electoral a la vista de un comisionado de policía y no pasa nada.
Cuando se descubren operaciones millonarias fraudulentas con útiles escolares de la empresa fantasma de un diputado y no pasa nada.
Cuando varias personas mueren incineradas en una Alcaldía por almacenar irresponsablemente pólvora en un baño ¡y no hay un solo culpable!
O más recientemente, cuando se descubre que la empresa estatal eléctrica gastó millones en compra de chocolates burlando los mecanismos de auditoría y no pasa nada.
—¿Continúo con más ejemplos?, preguntó la alumna
—Creo que es suficiente Usaríamos todo el día si agregamos a los que ya resumió le respondí.
Para no sentirme mal ante la avalancha de ejemplos de impunidad y la incoherencia de enseñar el respeto a la Constitución y las leyes y las violaciones que se cometen, relaté una entrevista en Nueve en Punto, con el filósofo y jurista, doctor Alejandro Serrano, quien advirtió que uno de los graves problemas que tiene una sociedad es cuando la falta de institucionalidad, la violación de los derechos y la impunidad terminan convirtiéndose en una rutina.
Lo más grave que puede pasar es que la impunidad, que no es más que una parte del cáncer de la corrupción, se observe como algo normal, y terminamos convirtiendo los antiderechos en derechos.
¿En qué clasificación terminaremos incluyendo el derecho a la impunidad? Tal vez deberíamos crear una cuarta generación la generación de la indolencia, la indiferencia y la apatía pero como un derecho inhumano. El autor es docente de periodismo, Derecho y Ciencias Políticas. Miembro del Grupo Projusticia