El oficialista
El oficialista es un ser extraño. Lo primero que todo ciudadano debe tener claro para entenderlo es que el oficialista cree de verdad, y desde ahí debe partir cualquier análisis, que toda crítica que a usted se le ocurra contra el sistema de gobierno fue diseñada, incubada y cultivada en los laboratorios de la CIA. No hay otro origen más que ese para él. Para ellos la Guerra Fría no ha terminado. Usted no es don Fulano de Tal, el vecino ardido porque los precios del combustible no bajan como corresponde y está seguro que “alguien” le está robando el ahorro de la caída de los precios del petróleo. No. Usted es un agente del imperio y forma parte de un plan de desestabilización contra el gobierno revolucionario del comandante Daniel Ortega.
Derecha e izquierda
La otra cosa que hay tener en cuenta para entender a los oficialistas es que el mundo para ellos tiene una sola división: derecha e izquierda. La mayoría no sabe qué significa lo uno o lo otro, pero dirán que usted es de derecha, si critica cualquier cosa del comandante Ortega, y de izquierda si lo defiende o se alía con él. Todo lo que haga Ortega, por muy capitalista o neoliberal que sea, será de izquierda, porque para ellos él es en sí mismo la definición de la categoría.
Periodistas
En la medida que Daniel Ortega fue acaparando medios de comunicación, fue también creciendo una camada de los llamados periodistas oficialistas. Cualquiera que tenga nociones básicas de periodismo sabe que oficialismo y periodismo son opuestos. No puede haber periodismo oficialista porque el “oficialismo” anula el periodismo. Llámesele relacionistas públicos o propagandistas, pero nunca periodistas. Y aclaro, no es que no reconozca los pecados que se cometen también de este lado del periodismo, ni que no entienda a todos los colegas que con todo derecho han encontrado en esos medios la fuente de subsistencia. Lo que no puedo aceptar es que sean algunos de los nombrados periodistas oficialistas quienes quieran dar clases de buen periodismo con la propaganda o relaciones públicas que ellos practican.
Tierra prometida
Pero en esto de los oficialistas hay, como en todo, categorías. Está el oficialista convencido. Este cree que usted o yo recibimos un salario de la CIA por hablar mal del “gobierno del comandante Ortega y la compañera Rosario”, reconoce que se hace fraude en las elecciones, sabe que se controlan las instituciones, el Ejército y la Policía desde el partido, acepta que Ortega concentra el poder y las riquezas en sus arcas personales, pero todos esos crímenes le parecen hasta necesarios para llegar a la tierra prometida, esa sociedad utópica donde las clases y los pobres desaparecen y que ha servido desde el principio de las ideologías como la zanahoria que se coloca delante del caballo para que camine tras el premio que nunca, nunca, podrá alcanzar. Son los Boxer, el caballo de Rebelión en la granja, de Orwell. Discúlpenlos a ellos, no saben lo que hacen.
El burro Benjamín
El más detestable de todos, sin embargo, es el oficialista por conveniencia. Estos abundan, desgraciadamente. Generalmente pasan de gobierno en gobierno como si fuesen parte del inventario. Aquí entran los intelectuales, como el burro Benjamín de la novela de Orwell. Estos son los que saben que no hay tal tierra prometida, pero defenderán con ardor todos los crímenes que se hagan en su nombre porque ello les da algunos privilegios en la granja. Si mañana, por ejemplo, Ortega repudiara la construcción del Canal por los daños que ocasionaría al lago, los veremos atacar el proyecto con el mismo fervor con que hoy lo defienden. Dan lástima.
Manual
El asunto no es que esté mal ser sandinista, orteguista, liberal, conservador o lo que sea. Cada quien tiene derecho a pensar y creer en lo que quiera y a expresar su opinión libremente. A mí personalmente me gusta oír ideas diferentes a las mías y valorar los argumentos con que las sostienen. El pecado es ese discurso ramplón, grosero que no razona, solo embiste, defiende y repite. Repite y repite, esas cuatro frases trilladas que parecen sacadas de un manual. El manual del perfecto oficialista. Un pobre manual por cierto.
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