Después que finalizó el acto del 19 de julio en la plaza de la Fe, recibí una buena cantidad de llamadas de amigos que deseaban saber mi opinión sobre el discurso principal. A todos les exprese que a mi juicio no hubo ningún tema digno de mención. Pero después de ver el rumbo que tomó el caso de la masacre de Las Jagüitas y la actuación de la Policía disparando a matar a dos jóvenes, he cambiado de opinión y creo que la declaración de “amor” de Ortega en la plaza, merece un análisis.
Si la memoria no me falla, comenzó su discurso hablando de la revolución del amor, fueron aproximadamente quince minutos en que repartió amor a moros y cristianos y como van las cosas, parece que los nicaragüenses seguiremos sufriendo las demostraciones de amor del comandante. Sobresaliendo hasta ahora, el viacrucis vivido por la familia Reyes Ramírez.
Otro comentario que quiero resaltar, es que entre los que me llamaron, hubo uno que me aseguró que después de ver la concurrencia a la plaza, aquí había Ortega por los siglos de los siglos, como lo afirmara el yerno del comandante eterno ya fallecido, Hugo Chávez; por si hay otros que piensen como él, los remito a leer en LA PRENSA del 18 de julio, la circular del Banco Central a sus empleados. Otro aspecto digno de mención, fue la canción del gallo que pusieron antes del discurso principal, con ella me quedó claro que cualquier aspiración que hubiese existido por parte de alguien, para suceder a Ortega en las elecciones del 2016, esta había quedado atrás y que el candidato por el partido de gobierno será nuevamente el amoroso comandante.
En cuanto a la mención que hizo el orador sobre la masacre de Las Jagüitas, esta resultó una burla a la familia afectada.
Al respecto, el señor Ortega puede revisar y cambiar los procedimientos que crea convenientes y todo seguirá igual. El mal que tiene infestado a su gobierno se llama “impunidad”, sin ella sus subalternos no cometerían las violaciones a los derechos humanos, derechos políticos, derechos a la propiedad y últimamente como corolario del desenfreno, el del respeto del derecho a la vida, como sucedió con la familia masacrada en Las Jagüitas.
Todas estas violaciones de sus subalternos uniformados o no, repercuten en su persona y le son atribuidos a Daniel Ortega, entre ellas, por mencionar unas cuantas, la destrucción de la propiedad del empresario Milton Arcia sin aprobación de autoridad competente, el recurrente asedio y obstrucción a la libertad de movilización de los que protestan contra su Consejo Supremo Electoral, así como la total impunidad con que viene actuando la Policía. De la forma en que sigue comportándose la Fiscalía, el poder judicial y por supuesto el alto mando policial, podemos deducir que su discurso de la plaza fue pura demagogia. Eso quiere decir que los disparos que tienen hospitalizados a dos jóvenes, de seguro serán calificados como otra imprudencia policial.
Como dije al inicio, amor es aceptar los errores y pagar por ellos, cualquier otra cosa son meras lágrimas de cocodrilo. Como dijo un amigo, Ortega todavía puede elegir cómo quiere ser recordado, si como instaurador de la institucionalidad, o como otro dictador.
La elección es de Ortega, el epígrafe lo pone el pueblo.
El autor es analista político.
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