Rigoberta Menchú recibió US$10,000 (del dinero público) para promocionar el voto en México del gobierno corrupto de Enrique Peña Nieto y ella cumplió con su mandato arremetiendo en contra de los padres de los desaparecidos.
Es preciso señalar ante todo que la heroína en cuestión no es una anécdota histórica, sino el resultado de la apoteosis glorificadora de la izquierda internacional sobre un personaje particularmente indigno del Premio Nobel de la Paz (1992), como lo es ella y tantos otros. El escritor colombiano Fernando Vallejo dijo en una entrevista que Menchú era el producto cultural de una antropóloga e historiadora venezolana, Elisabeth Burgos, encargada de publicarle su testimonio y ponerla en la escena mundial.
Fanfarronería y arrogancia ultrajante, cuando no complicidad con crímenes de guerra, son los atributos de este personaje endiosado. Ciertamente la denominación de heroína de la izquierda y lo prototípico de su imagen proviene del ámbito ideológico, mundo de consignas y mística que nos lleva de la exaltación póstuma a la semidivinidad. Me permito citar a la gran poeta Olga Orozco: “Solamente los muertos conocen el reverso de las piedras. Solamente las piedras conocen el reverso de los muertos”.
“La verdad nos hace dignos”. Mientras formulaba estas palabras, la diosa Menchú apoyaba al gobierno corrupto de Daniel Ortega, culpable de las represiones contra los campesinos del norte y contra los indígenas miskitos de la Costa Atlántica, de Nicaragua, durante la década de los ochenta y hasta no hace muy poco se le vio en los actos de gobierno del mismo. En 1992 cuando ella fue galardonada, a instancias de antropólogos argentinos y defensores de Derechos Humanos, con el Premio Nobel, los investigadores ya habíamos desenterrado muchos cementerios clandestinos, incluyendo uno grande en Bluefields, Costa Atlántica. Lugares que yo he visitado continuamente durante muchos años.
Nuestras investigaciones fueron suspendidas por el entonces ministro del Interior, Tomás Borges Martínez, encargado de esa región, habitada por tres etnias: Miskitos, Sumo-Mayangna y Rama y comunidades afrodescendientes. La orden se dio porque cada día salían más restos de las víctimas sumariamente ejecutadas por la Seguridad del Estado de Tomás Borge que la diosa Menchú tanto admiraba. Si ella estaba predestinada a callar, también estaba condenada a caer; si su caída era cuestión de tiempo y solo la retardaban las circunstancias, cayó en México frente a una valiente estudiante, Ana Gatica, quien le dijo en la cara lo que se merecía, y que incluso recibió un caluroso aplauso. Ahora la Malinche o diosa caída del Olimpo está más enfurecida que Apolo contra Aquiles.
Ella siempre sostuvo no hacer alianzas con los militares, pero sí fue a apoyar al ministro del INE, Lorenzo Córdova, quien manifestó su racismo contra los indígenas y apoyar las elecciones. Hace unas semanas el gobierno de Ortega apagó la radio comunitaria Voz de Mujer y no se oyó la voz de ella. El Popol Vuh cuenta que los dioses mayas necesitaban la sangre de los humanos para su supervivencia. La Ilíada acaba con los funerales de Héctor. La odisea de la diosa Menchú no acaba nunca porque como le increpó la joven estudiante: “Pedir un minuto de silencio por cada desaparecido en nuestro país es quedarnos callados eternamente”.
El autor es periodista e investigador inglés.